Mi “vecino” Hemingway

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Cuando mis mocasines comprados a plazos en Tánger se llenaron por primera vez de lluvia europea, lluvia parisiense para ser más preciso, comprendí que había llegado a París y que la suerte estaba echada.Un viejo carguero mixto, a precio de saldo, y una pechada de vías de ferrocarril me llevaron de Tánger a Marsella y de este puerto a una estación de la capital francesa, donde yo no conocía a nadie, nadie me esperaba y cuando me metí las manos en los bolsillos comprendí que aquello iba a ser todavía más difícil. Porque a la soledad se agregaba la situación financiera. Un alma caritativa me indicó un hotelito en la Rue Mouffetard, en el barrio latino, y después de agradecerle con mi incipiente francés que me habían enseñado los gamberros marroquíes de Tánger me puse en marcha. Aquello era casi gimiendo bajo la lluvia, mientras me preguntaba por qué había sido todo tan precipitado aunque la policía de su Majestad de Marruecos quisiera hacerme unas preguntas. Pero como siempre les diría, mucho más tarde claro, a mis hijos, leer puede causar más problemas que el tabaco. Había ojeado un libro en el que se describían con pelos y señales lo que el Rey de todos los creyentes les hacía a quienes no les gustaba. Y en Marruecos no había habido nunca un amor desmedido por los periodistas, profesión en la que yo empezaba, la verdad con muy mal pie y mojados lo que resulta aún más incómodo. El argelino que regentaba el hotel que me indicaron tenía cara de presidio, no de presidiario. Creo que había estado por lo menos en Sing Sing. Dios sabe lo que habría hecho en Argelia para ser condenado a permanecer día y noche detrás de un mostrador con una luz mortecina esperando el próximo cliente. “Cinq francs!”, me saludó como si fuese a degollarme. Se los entregué y subí por una escalerilla de pesadilla a una habitación, o algo parecido. Nada más entrar noté un rumor que no supe identificar, que podía haberla dibujado Claude Chabrol. Cuando caí medio anestesiado en la cama lo entendí. Me había incrustado en el hogar de una colonia de chinches que en aquellos tiempos, 1957, eran especialmente voraces. Me dejaron dormir con la gabardina puesta porque seguramente no querían ahogarse en todo el agua que yo había almacenado en el camino.

Todavía no había leído “París es una fiesta” porque de lo contrario me habría tirado la noche llorando de rabia. Estaba metido en un agujero, solo con un individuo que daba la impresión de haber degollado a mansalva en la guerra de Argelia que seguía cobrándose víctimas a diario.Y, de pronto, me pregunté qué diablos hacía yo en una ciudad que me era totalmente desconocida cuando en Tánger era un lindo redactor de “Cosmópolis”, semanario popular, respetado y querido sobre todo por la secretaria del director. Amaneció y me extrañó que no me hubiesen ido a buscar para fusilarme. Hasta entonces yo no conocía esas bobadas de depresión, tristeza o pena. En la ciudad internacional vivía como un príncipe, la gente me tomaba por lo que no era y la vida era bella, bella, bella. Que hubiese escrito un artículo imbécil que molestaba al estrecho ministro del Interior marroquí, bueno, un resbalón cualquiera da en la vida. Pero no para encontrarme exiliado en París. Ni que yo hubiese sido el protagonista de un mal tango.

A la mañana siguiente, mientras tomaba algo que mi guardián argelino llamaba café, oí algunas cosas y empecé a pensar en positivo, como decía una novia mía dejada en posición espera en Tánger. Había salido el sol y oí el nombre de Hemingway. A uno de los contertulios matinales que hablaba más español le pregunté y me dijo que unas casas más arriba, y unos años atrás, había vivido con su esposa e hijo el escritor norteamericano Ernest Hemingway. Mi gabardina de paño fino para clima africano se secó de golpe y porrazo y sonreí. Yo, el tipo más macanudo del “Cosmópolis” de Tánger era (en el pasado por lo menos) vecino de semejante celebridad. Consideré que los cinco francos que me cobraba aquel bandido argelino estaban bien empleados.

Y ya, cuando me preguntaban por mi domicilio, decía que vivía al lado de Hemingway, quien sin saberlo, desde luego, se convirtió en vecino querido, aunque nunca tomamos un café au lait juntos ni su señora me ofrecía emparedados. Tardé unos meses y bastante hambre y sueño, solo podía almorzar o cenar, yo no era delicado, cuando el redactor jefe de la Agencia Keystone me dejaba hacer un reportaje con bufet, cosa que entonces se llevaba mucho, gracias a Dios. Bueno, no es que en aquel año de gracia de 1957 hubiese reportajes en el que te daban un bocadillo. Era simplemente que en los que a mí me asignaban era presentación de lencería, los otros compañeros se avergonzaban y pretextaban que sus mujeres no le dejaban ir a esos sitios de mala vida tan rica. Y allí, mientras soñaba con las piernas de la siguiente maniquí, podías hartarte de colesterol en forma de caviar, un poco ruidosamente salado a veces, exquisitos quesitos de vacas enanas, langostinos del Caribe—aunque yo llegué a sospechar que los traían del rio Sena—y todo tipo de besitos de monja, como llamaban a aquellos canapés adorables. Y unos chorreones de champán. Pasaron los años, las novias con sayas de seda, propiedad de la casa para la que actuaban de modelos, y nos metimos en los primeros días del glorioso año de 1960. El día triunfal en que yo llegué al antiguo edificio de la Agencia France Presse, Place de Bourse, para lo que había recompuesto mis mocasines con cartón generosamente ofrecido por el propietario de mi hotel… Yo ya había hecho la paz con los enormes bichos que eran los propietarios de mi habitación. Llegamos a entendernos e incluso yo a veces le llevaba algún canapé de mis correrías nocturnas y me dejaban dormir un rato.

El edificio de la Agencia Frances Presse (AFP para los íntimos) me pareció la Capilla Sixtina del Vaticano donde nunca había estado. Con toda la desvergüenza de mis cortos veinte años y un entrenamiento de casi tres años reporteando por París, de desfile de lencería en cóctel donde se comía bastante bien, me presenté muy peinadito a un señor al que me apuntaron como kapo supremo de aquella selección para formar una nueva redacción en español destinada a América Latina. El hombre se llamaba Rafael García, era un cronista de fútbol excepcional y como era el único capaz de bregar con españoles-latinos y otras hierbas lo pusieron al mando de la selección de futuros redactores para el Servicio en Español de América Latina. A ese hombre que al principio me pareció un redomado cabrón, le debo mi vida y que esta mañana de pandemia y con lluvia yo esté escribiendo en mi isla africana, lejos del mundo y retirado de los quehaceres mundanos. Me dejó entrar en esa Redacción que se estaba formando, tal vez por el piropo con gracia y elegancia que le dediqué a su novia, una mujer de armas tomar que había coincidido conmigo en el ascensor. Creo que era carnicera. Pero de las finas. Y en el fondo les hice gracias a los dos porque el hambre entraña ingenio.

Y a partir de ahí, mi vida cambió. Ya casi ni me acordé de mi vecino Hemingway y me dediqué cuerpo y arma a parecer un aprendiz periodista decente.Lo que yo no sabía, ni por casualidad, es que me estaba metiendo en un templo donde empezaron a llegar y a trabajar codo a codo conmigo tipos que se llamaban Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro, Xavier Domingo. Nada más que con estos tres había para hacer un panteón de escritores. Yo leía todo lo que escribían y aprendía poco a poco.Pasaron los años, llegue a lo alto del cartel, como cantaba Charles Aznavour. Vargas Llosa había sido recuperado de nuestras malas partidas de cartas por su esposa, una señora que provocaba embotellamientos en la escalera de madera estrecha que conducía al segundo piso, donde ella operaba como mecanógrafa –los pobrecitos acababan de casarse y ella quería que Marito escribiese su obra inmortal-.

Un día, Gabriel García Márquez, escritor colombiano, se tropezó con mi  vecino Hemingway en no sé qué rincón de París y le lanzó un “¡Adiós, maestro!” que nos llegó hasta la AFP, donde poquito a poco yo aprendía y me maravillaba de los vecinos que me había deparado el destino. En mi hotel de las chinches turbulentas, aunque es cierto que con el tiempo fui amaestrándolas, estudiaba y estudiaba para ponerme a la altura de aquellos hacedores de palabras. Domingo era mi ídolo, aunque nada más que presumía de mujeres. Para la escritura, podía llegar borracho como una cuba, se sentaba frente a su máquina Japy y en doce minutos inventaba una nueva ofensiva en Vietnam, porque, decía muy convincente, y subiéndose las gafillas para parecer más serio, acababa de cenar unos deliciosos langostinos chinos en compañía del ministro de Defensa de Vietnam del Norte al que se encontró casualmente en la puerta del restaurante, decía él, tras haber añadido que el delicioso manjar lo había traído el mismísimo personaje después de pescarlo en el rio Mekong.

En estos casos, yo, que entonces era jefe de aquel manicomio a partir de las cuatro de la tarde y hasta que a medianoche se acababan las borracheras, trataba de que fuésemos a tomar una copa al Vaudeville, un bar –catedral a orillas de la AFP que creo todavía despacha las mejores ostras de muchas millas a la redonda.Cuando volvíamos a subir, Domingo ya tenía otro artículo en la cabeza, siempre brillantísimos, y en pleno Mayo del 68, cuando una triada de gilipollas quiso hacer una minirrevolución, sin contar que el General de Gaulle podía mandarlos a todo a Tombuctú solo con darles una pasada con su kepi, unos desdichados de la pelota perdida alguna vez por Maradona, lo más loco de aquellas tierras parisienses. Y aquellos revolucionarios de tres al cuarto tuvieron la mala idea de meterle un poquito de fuego, muy poquito, como de broma, a la Bolsa de Valores, que estaba frente a nuestras ventanas de la Redacción. Entonces el inefable y delirante (delirante de delirio místico, porque en el fondo era un místico, un santo de conversación ágil y manos ligeras con las faldas de las señoras) Xavier Domingo lanzó un grito que me sonó a alarido apache cuando iban a cortar cabelleras, y también parecido al que profería Tarzán cuando se enamoró no de Jane sino de Chita, otros dijeron que era más bien una explosión nuclear, se puso delante de su máquina de escribir, escribió con sus uñas siempre negras y yo recogí el despacho verde y sin pensarlo, aducido sin duda, se lo entregué al operador.

Cuando las dos líneas de Domingo salieron por los teletipos en medio de una sinfonía de timbres como si se estuviese incendiando Manhattan entero, leí con horror:

PARIS- URGENTE- EL TEMPLO DEL CAPITALISMO ESTABA ARDIENDO ESTA TARDE.

Me quise morir pero ya estábamos en Mayo y en el 68 y todos nos reímos menos el Director General que estuvo un buen rato reclamando las cabezas de esos insensatos que habían enviado la noticia más falsa del año.Pero éramos felices, nos creíamos, hasta yo, los amos del mundo, y si Julio Ramón Ribeyro, que estaba plagado de premios literarios, leía religiosamente a Proust en la edición más cara, la Pléiade, mientras salían unas llamitas del “templo del capitalismo”, qué más daba.Son recuerdo mil veces evocados. Entonces pensábamos que el lector de Proust sería un día Premio Nobel de Literatura. Yo ya estaba jubilado, escupido de un sistema donde o eras un héroe o morías, Domingo había muerto mirando la televisión, Hemingway había dejado de ser mi vecino porque me harté de las chinches que ya estaban metidas en jaulas para ser exhibidas en el Grand Palais con un trozo de mi gabardina que me habían devorado. Habíamos perdido el paraíso, o quizá nos habían echado del cielo y andábamos como almas locas buscando cómo reemplazar esa AFP a la que ya no pertenecíamos por edad o por razones de seguridad nacional, porque para entonces ya habían llegado las hordas argentinas y habían impuesto un orden nuevo que nos asustaba. Yo, por mi parte, preferí, volar directamente de Brasilia, donde estaba de director corresponsal, a París para que la bella jefa de Relaciones Humanas me despidiera con un bisou que me supo a gloria.

Habíamos perdido la partida. Todos, porque además de Julio Ramón Ribeiro, echado en los brazos de la muerte, había otros grandes del periodismo literario que no quiero mencionar por no llorar más.Hasta que una tarde de borrasca, todavía no había llegado la pandemia, me llamaron por teléfono de Paris, un cabrón de París, para decirme que Mario Vargas Llosa, redactor bastante itinerante del Servicio Español y no de los mejores, había ganado el Premio Nobel de Literatura. El bastardo que me llamaba, se le notaba que babeaba de placer, me preguntó que qué pensaba yo. Confieso haber dicho algunas palabras mentirosas y gilipollescas y me liberé con un vomito de “Que Dios lo tenga en su gloria”.

La envidia, que es muy mala, la envidia que los mejores periodistas de lengua hispana que hubo en Europa en los años sesenta usaban solo como arma de defensa. Sin querer ofender a nadie. Ya sé que me acusan siempre de elegir a unos cuantos periodistas como héroes de aquella hazaña ocurridas, sucedidas, nos gustaba repetir, machacar a los pobres e indefensos cabreros analfabetos, que fue el Servicio Español. Pero es que si tuviera que citar a todos los héroes de la pluma, que con pluma y talento arrancaron la supremacía de publicar en los periódicos latinoamericanos a las otras agencias de prensa, necesitaría un anuario. El Servicio Latinoamericano de la AFP fue una brigada de desarrapados más o menos elegantes que como agarrados al tanque del general liberó París en 1945 supieron imponer un español decente en toda la prensa de América Latina. Y eso que entre esos héroes hoy desconocidos u olvidados estaba el peruano Torero, que era nada menos que profesor de quechua. Vencimos a toda las agencias del mundo porque estábamos hechos para eso. Y, que yo sepa, France Presse es la única agencia de prensa internacional del mundo que puede contabilizar tanto héroe de las letras. Hasta un Premio Nobel.

Y porque no nos dieron tiempo. Seguro que hubiésemos conseguido un par de ellos más.Tengo algunos candidatos que cito por el recuerdo que se debe al talento. Marcelo Aparicio, una especie de reportero itinerante con el que trabajé poco en París pero mucho en Madrid. Desde Barcelona y alrededores esperaba la muerte de Dalí, que parecía inminente. Fue el primer reportero, gloria para Amsud, en dar el flash del último suspiro del más grande de la pintura mundial.

¿Conocen ustedes tantos periodistas con tantos méritos? Me dirán ustedes que hablo mucho y siempre de los mismos periodistas. Pero ¿acaso en todos los países del mundo no hay ceremonias conmemorativas regulares para recordar a aquellos que cayeron luchando por una noble causa? ¿Y que hay más noble que informar, cuando el mundo se llena de mentiras?No es la última vez que hablaré de aquella casi odisea que fue en la Agencia France Presse la constitución de un servicio en español para dar en América Latina un punto de vista latino, una verdad y una manera de encarar Latinoamérica y Europa que nunca se había conseguido. Hay tantas cosas que contar…

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