Mientras se despedía los restos del irremplazable Tito Corominas

M. Aparicio

¿Para esto tu madre sufrió en el parto? Cada día siento como que más tiempo pasa, menos alicientes aporta. Me refiero a la edad, a la tercera y última y a sus insobornables aliados, el reloj, el almanaque, el espejo…los pasos cansinos que parecen no llevar a ninguna parte. Y a su peor cómplice, la muerte, la desaparición no querida de tus amig@s. Que son tus únicos ahorros no económicos más preciados. Porque los otros no existen ni deberían existir; significaría que has guardado algo privándote de placeres y buenos momentos o haz hecho fortuna jodiendo a otros. No quiero transmitir pesimismo ni mala lecha porque el único consuelo que considero vital y optimista proviene, sin embargo, de la nostalgia sana. Nostalgia de haber vivido “casi irresponsablemente”, dejándose llevar por las olas que iban apareciendo desde un horizonte amplio y generoso. Cuya visión, en mi infancia, estaba condimentada con el paso en círculos y perfecto, de las toninas (delfines u orcas) vistos desde la Playa Chica de Mar del Plata. Ahora ese paso cotidiano lo conformarían los recuerdos. Se aparecen cuando quieren, circulan a su gusto y desaparecen en ese mismo horizonte por el que se presentaron. Hasta que vuelvan a pasar, dejando una estela burbujeante, espumosa y agradable a la vista.

Aquellas tonynas (ahora, en Catalunya, me entero que podrían ser atunes) y esos y otros recuerdos sirven para seguir viviendo y romper la monotonía de un viejo: dormir, despertarse, ducharse, desayunar, caminar, nadar, comer, siestear (optativo), merendar y cenar (también optativos) y volver a dormir y a veces, soportar pesadillas que se repiten. Como la de un reortaje al que no se llega, que no se encuentra un taxi, que el entrevistado no se presenta , que te apuran desde la redacción… A veces aparece un sueño que molesta despertarse. La mayoría de las veces son a raíz de una conquista inesperada, una mano tierna y cálida de alguna deseada, anónima y sin rostro. En fin, el veterano lector sabe a qué me refiero. De esos sueños que hace 60 años nos despertaba con una “trempera”. Muchas veces “marinera” (meona). Fin de la cita.

Estas reflexiones acaso amargas que les vomito a los lectores, mucho tienen que ver con la enésima muerte inesperada de un gran amigo. Dada la situación y la edad, habrá que ir acostumbrándose y adaptarse. El reloj, el tiempo, el espejo y su inevitable socia y cómplice, la muerte, así lo han decretado. ¿o para qué se creen que un tipo o tipa desconocidos en bata blanca nos da una hostia e el culo cuando decidimos salir de ese tibio, hospitalario y caldoso interior de nuestra madre?

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