Miseria de grana y oro

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Una vez por año, aquella colonia del norte de África se vestía de patriotismo chillón y las esposas de los oficiales de alta graduación y autoridades civiles se agazapaban como buitres calvos en desierto africano en estratégicas mesas petitorias desde las que pinchaban en pechos ajenos banderitas a cambio de unas monedas. Invento nacional para ignorar la miseria de los demás y lucir palmito bajo el sol.Esa imagen dolosa de mi infancia me ha atacado cuando veía una película peruana cuyo título callaré y de cuya guapa autora no diré el nombre. Me he vuelto peligrosamente comprensivo con los defectos y los dolores de los demás. Sobre todo cuando se trata de una de esas chiquillas que a todos, por insensibles que parezcamos, nos conceden nada más verlas dos minutos de pentotal en vena. Por lo que he entendido se trataba de dar cuenta de la vida en un pueblo perdido o quizá incluso escondido en las alturas casi infinitas de los Andes, allí donde si no mascas coca los oídos pueden estallarte. Un par de beldades jovencísimas, con la eternidad abierta entre sus ancas, que hablan en quechua como si fuera inglés de Miami adornan este repugnantemente bello paisaje al lado de un indioalcalde capaz de presidir una asociación de alcohólicos anónimos.(Y sin la jactancia combatiente del Ricky aquel de Casablanca contestando al hediondo oficial nazi que le preguntaba su profesión: ¡Soy alcohólico!).Cuando la cámara preciosista se pone en acción descubres que aquello podría haber sido un documental bonitísimo de la muerte para la Oficina de Turismo andina, si es que existe. Porque en esta película todo es tan bello como cisnes corriendo por lago ajeno.

Como si la pobreza o la miseria pudiesen ser bellas. Bella era la arruga del modista español Adolfo Domínguez para Vicio en Miami, ocioso telefilme de contrabandistas de drogas.Pero la belleza no existe porque lo mando yo y esas dos pueblerinas que empiezan a jugar a quiéreme que yo te quiero más deberían ser más recatadas en su miseria.Pero no, se les adivina el suave cabello que anuncia la más talentosa de todas las actrices norteamericanas, Andie MacDowell, Son de una guapura políticamente correcta. Hasta el cholo alcalde borrachín no desmerece.

Te choca más, te entristece más, te cabrea al final profundamente porque parece una película hecha por el capricho de unas niñas del barrio de Miraflores de Lima, de donde por cierto era la primera esposa de mi ex compañero Mario Vargas Llosa, una mujer que podría habernos vendido todas las banderitas del comienzo sin dificultad. Lean y entérense en Julia y el escribidor. Te sientas frente al televisor y te dan ganas de tirarles el vaso de Perrier que estás tomando. No, mire usted, hermano, que no puedo soportarlo. La más guapa de las dos, la que juega a no sé qué carajo de Virgen perdida en los montes parece vestida por el más talentoso de los modistas del mundo, el francés Christian Lacroix, y maquillada por los que pusieron las caras de palo de la última gala de los Oscars.

¿Cómo diablos puede filmarse y hasta afirmarse que la favela es bella, que la miseria del indio es de rechupete? Se me sube la bilirrubina y mi primera conclusión es que la autora de este desaguisado no ha visto una sola película del neorrealismo italiano, ni del latinoamericano. Que ignora a Luis Buñuel. Que nunca habrá visto Las Hurdes, tierra sin pan (1932) y todavía menos La edad de oro (1930). Pero me temo que entre los desfiles de dos pasarelas apenas haya tenido tiempo de echarle un vistazo a Los olvidados (1950). Hay más erotismo en La edad de oro que en esta superproducción de colorines.

Pero como esta noche la vida me ha maltratado desde la mañana tempranera me siento tan cansado que caigo en el profundo misticismo de la Madre Teresa y sus desarrapados indios, sin general Custer detrás. ¿Serían tan bellos aquellos desgraciados como estos andinos vestiditos y relamidos para cócteles de embajadas extranjeras?. Entonces voy y me digo que lo que le ocurre a esta señora de la peliculita es que seguramente vive en una ciudad con agua corriente, teléfono celular, masajes a discreción e incluso retrete individual que no letrinas que tan mal huelen. Como la realizadora es tan requetebonita, mecachis en la mar salada que me acompaña todos los días que Dios hace en esta isla africana de mi diario descafeinado con leche, pues eso, que vuelvo a ser bueno, como nunca lo había sido, lo juro, y me aporreo el pecho de arrepentimiento.

El Principito, no el amigo cubano, el genial pintor Antonio D’Estefano, al que yo llamo así, sino el personaje de Saint-Exupéry, el Carlitos Brown de la prehistoria, se me acerca y me susurra al oido: “Oye, Sergio, que lo importante no se ve”. Con ese niño mágico lloré anteanoche releyendo sus aventuras en una edición bilingüe que no sabes para qué diablos sirve, porque basta con que comprendas una lengua, al menos que sea para hacerte el gachupín interesante y que quienes te ven con el libro en la mano tengan la tentación de pensar que eres un tío muy culto o cultivado (por lo de los aguacates). Aunque los que te ven no piensan nada bonito porque su acendrado analfabetismo congénito, desarrollado posteriormente a la infancia con cinco años de estudios universitarios, les inclina más bien a la tan socorrida y agradable envidia.

Lo malo con el Principito es que se me ha pegado su manía de considerar que los mayores son gente muy complicada (o tal vez con obstrucción mental permanente) y pregunto constantemente “¿por qué?”.Y ahora, con todo el dolor de mi Perrier (el ordenador se empeña en escribir Terrier) vuelvo a preguntar por qué hay que falsear la realidad, por qué no se va a la escuela antes de escribir películas y luego dirigirlas. Van Gogh dijo en cierta ocasión a un puñado de alumnos que copiasen las cosas, pero que jamás las embellecieran. Porque dar una pincelada amarilla, su color preferido, el de la dicha, en un cuadro sobre la desgracia es una herejía que merecería el fuego que consumió a Juana de Arco.

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