Mujer

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

El escritor francés Marcel Proust, a quienes muchos confunden con un personaje caricaturesco que pasaba la vida metido en su cama y tomando magdalenas con té, fue también un enamorado bastante desgraciado, que descubrió la supremacía de la mujer. Albertine era el hombre de la bella con la que vivía en amorosa habitación de su mansión. Un amor sumamente exigente por parte de ella hasta que un día se fugó y entonces él, que probablemente entendía mucho más de lo que se piensa del amor la mujer, lo atribuyó a amores de Albertine con una amiga común. Y entonces, Proust, tan precavido, tan ordenado, tuvo que comprender que el amor entre las dos mujeres tenía que consentirlo si quería que Albertina volviese. Era en el siglo diecinueve y el amor lésbico era casi un arte singular de la buena sociedad.

Este pasaje de la vida amorosa de quien fue un escritor fuera de serie, inserto en la alta sociedad, de la que sacaba lo mejor y lo peor, vale y sobra para entender lo que Marcel Proust había comprendido probablemente antes que otros adelantados en cuestiones amorosas. La mujer ama como quiere y no hay más que aceptarlo. Un hombre es hombre en la medida en que lo decide una mujer. Un hombre adquiere toda su virilidad cuando una mujer decide que así sea. No hay milagros. En la virilidad de un señor manda la mujer. Si ella decide que no, puede ser la encarnación del mismísimo y más poderoso dios de los griegos que permanecerá vedado. Nacemos en el vientre de una mujer y quizá sea por ello que dependemos totalmente de sus decisiones. Somos los más viriles si ellas deciden que es así, o los más inútiles aunque Leda no se hubiese quejado. El poder, su poder infinito, las mujeres lo tienen de su forma de ser, de la gracia que le dieron al nacer, salvo excepciones, naturalmente, y de la seducción de la que son capaces. No es el macho el que seduce a la hembra, ella se deja seducir según su gusto o según su capricho. El hombre es el acompañante, el que ayuda a tener hijos, a gestionar un hogar, a estructurar la vida familiar. Pero es ella la que supervisa, la que en definitiva da el visto bueno para todo lo que se hace o se deja de hacer.

Por regla general, el hombre depende toda su vida de una mujer. Primero es la madre, el primer amor, porque la mujer sabe amar en serio. Luego es una novia, otra novia, una esposa, otra esposa. La mujer es capaz de llevar adelante su vida sola, entre otras cosas porque el amor-odio entre mujeres es prodigioso. No he visto nada más bello que el amor entre dos mujeres, que va de la delicadeza a la pasión pero que nunca desentona en lo físico. El amor entre dos hombres es físicamente harto desagradable en sus representaciones a veces pueriles. El hombre utiliza un sexo nada estético y tiene que hacerlo valer porque es lo único que tiene. La mujer es el sexo discreto, silencioso, invisible, que puede ejercerse mientras escoges un sombrero en Galeries Lafayette. De ahí la ventaja palpable, sin contar la finura del beso de una mujer, que juega con el abanico del pelo, de las mejillas y el soñar de las cejas. Por eso, y por muchas otras cosas más, es más inteligente, generalmente discreta, callada y soñadora, la mujer es el ama del amor. El hombre no puede ser más que un ayudante cuyo imperio acaba pronto y suele dejar más de una vez a la hembra descontenta. La mujer es la más perfecta figuración del amor y para ello no necesita ni gesticular ni siquiera hablar. Solo mirar. Es mujer

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