Músicos y dioses

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Los músicos tocan mirando a sus pies y a las ramas de los árboles, porque nunca se sabe por dónde vendrá el enemigo. No les habló de Montgomery Cliff pulsando la trompeta en el patio muerto de un campamento de marines o algo parecido en una isla en la que siempre acechan los japoneses. Les hablo de mi isla africana, tranquila y devorada por el coronavirus enviado como regalo navideño a Donald Trump, que se olvidó de avisarnos, porque los jefes chinos, los ce las coletas que reparaban las vías del ferrocarril que se empeñaba en construir Sergio Leone para hacer una película del Oeste como nunca se había hecho, ya sabían de ese bicho y de cuando habría que darles jarabe de palo a los blancos, malditos blancos. Aunque Charles Bronson en Érase una vez en el Oeste parecía más un siux que a un nativo de Baltimore o Kansas City. Tocan los músicos, nos alegran la vida en una ciudad que está siniestrada. No hay trabajo, ni dinero, ni posibilidades de tener lo uno o lo otro. La gente se muere de miedo, de pánico por el coronavirus que de un momento a otro puede convertirte en fantasma. Este país extraño llamado España que tiene dieciséis países (comunidades dicen ellos) en la que cada mandamás hace lo que le da la gana, que parece que le ha picado el bicho. Pero los ricos se curan mejor que el resto de los mortales. Y los hospitales siguen saliendo del suelo como champiñones. El problema es que no hay médicos, ni cubanos ni negros de Senegal, como aquel que una noche de intoxicación de ostras en el París de antes, el amor de mi vida, me puso una mano larga y negra en el abdomen y me salvó,

Aquí, en este país conducido, es por decir algo, por socialistas renegados y por extremistas de la peor calaña, que ya es una referencia para suicidarse con una aguja de pino robada a un árbol de Navidad en una película norteamericana. Todos, nativos y extraños estamos aterrorizados. Un personaje de no sé qué organización internacional ha advertido con su cara de tísico nuclear que no nos hagamos tantas ilusiones, debía ser uno de esos malditos forenses del espacio que vienen en busca de carne blanca para sus experimentos en los platillos volantes. Dice el pobrecito mío que para finales de años habrá vacunas… pero no para todo el mundo. Es decir, traducido en lenguaje de western, que habrá que darse hostias para conseguirlas.

Cuando recientemente llegó la hora de vacunarse contra la gripe, tuve que apretar las tuercas a un farmacéutico para que me vendiera dos dosis. Ya no hubo más. Gracias a una amiga médica, una señora que debería estar en el ranking de las mejores, conseguí la vacuna que me faltaba y las de los pulmones. El problema del coronavirus, o de que los chinos nos hayan infectado por razones bajamente políticas y bursátiles, no es que no haya vacunas para enero próximo sino que los laboratorios, como siempre, como cuando el Sida y otras menudencias, van a hincharse de dinero de la venta paralela.

“No habrá vacunas suficientes”, dice el hjijoputa de no sé que organización que le paga estupendamente para mantenernos dentro del miedo, la menor manera de dominar el mundo. Sobrarán vacunas, apostilla otro desaprensivo. Y yo que he vivido cincuenta años del periodismo, cagándome a cada vez en la madre que parió a los políticos que se asustaban más de la cuenta, que no me dejaban hacer mi trabajo, estoy dispuesto en esta última batalla, tengo 80 años y unos días, en meterlos a todos en un tal lio del que no saldrán nunca. Yo, que toda mi vida ha consistido en escribir y en amar, como Jesús quería, en los infinitos senos de Magdalena y en el tesoro oculto debajo de las bragas de una mujer, me niego a renunciar a mis privilegios de señor de las letras hasta que me quemen en pública subasta, con un cura que le importa una mierda quién se está tostando.

Hay un actor, un bastardo cualquiera, que en una revista cualquiera, dice que ha encontrado el papel de su vida a los ochenta años. Desgraciado de mierda. Yo lo encontré a los 21 años y lo viví a muerte, con todas las consecuencias, amando a todas las mujeres que me decían que me querían. Teniendo hijos. Amando y llorando a mis hijos, aunque alguna de ellas se saltara las convicciones y se matara en un coche. Una mierda. Algún día, allá en el cielo, porque no se me ocurre que yo vaya a parar a otro sitio, encontraré a aquella niña mía que se me mató en un automóvil imbécil. Y nos tomaremos unos güisquis con esas almendras garrapiñadas que a ella le gustaban.

Y por fin seré feliz. Lo que nunca fui en mi vida. Y que Jesús, mi amigo, me juzgue.

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