Ni Romeo ni Julieta

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Me hice un hombrecito en una posada de Algeciras, donde el mundo esperaba un barco para salir de ese pantanal llamado España, me educaron sentimentalmente en un palacete de la Avenue Friedland, París y al final una muchacha tan joven como yo, pero bella como un ángel bueno, con los que todas las noches yo me reunía, me pidió que la ayudara a ser mujer en un séptimo piso que daba a la Opera de París. No creo en el amor, ni en el que el formidable Henry Miller, uno de los más grandes de la literatura norteamericana, mantenido a distancia del triunfo por los gendarmes de la virtud que en los años treinta reinaban en Estados Unidos y un poquito en Europa, tuvo con otra escritora, la enigmática franco-cubana-española Anais Nin.

Hay una carta atribuida a Miller que actualmente vuelve a correr por los medios donde él le dice: “No creo que nadie haya sido tan feliz como lo fuimos nosotros. No creo que exista en la historia del hombre y de la mujer un hombre y una mujer como tú y como yo, con nuestra historia, nuestras circunstancias…El recuerdo de tu diario rojo que tirabas en la humedad de la cama entre tus labios entreabiertos y mis ganas de desearte. Te deseo, te deseo con la desesperación y el anhelo de lo imposible y ya te has ido y tal vez en un sueño imaginativo y romántico, leerás estas palabras una y otra vez”. Dos personajes fuera del mundo tonto y absurdo en que nos movemos, pero no creo que se amaran. Porque el amor no existe. El amor es el pretexto que las primeras mujeres que se abrieron de piernas inventaron para justifica sus ganas de copular, de ser engrosadas, de ser apaleadas con un pene. Luego aprendieron que el secreto del amor lo tenían ellas y, como Anais Nin, escritora imposible de clasificar, nacida en España y en Cuba, fue la mujer la que condujo la danza de los amores.

El lesbianismo lo inventó Anais, que se sabía la anatomía femenina como el más grande de los catedráticos en anatomía. El hombre le interesaba pero comprendía que era un ser muy primitivo en el amor, ya que todos sus secretos los tenía en un pene, más o menos grande, de funcionamiento limitado. Las entrañas de una mujer son uno de los secretos que más tarda en descubrir el hombre. Dense cuenta de que no hace mucho que se habla del clítoris, cuando ese elemento esencial de la sexualidad femenina ha estado ahí de siempre. Y todavía se dan clases, pagando claro, para unos listos enseñar a los analfabetos de los hombres cómo utilizar para su placer esa joya de la anatomía femenina.

Anais gustaba a las mujeres, la adoraban las mujeres, porque ellas sabían que nadie como Anais era capaz de revolotearlas en la pasión más profunda con sus manos, su boca. La sexualidad debe a Anais Nin más de una placa en una calle. Henry Miller, que fue uno de los primeros hombres que la poseyeron, después de su padre, el padre de ella, con el que la pasión fue de película son sorround, se adaptó, pero ella fue probablemente la que le enseñó y las novelas del norteamericano, rey de la pornografía, Sexus y Trópico de Cáncer, dos de sus mejores libros, auténticos tratados eróticos- pornográficos, estoy convencido de que salieron de entre las sábanas de la cubana-francesa por parte.

Ella le enseñó lo que ningún hombre sabía. Una tarde de verano tomaba yo una Coca Cola en una cafetería protegido por una columna de un grupo de mujeres que hablaban fríamente de sus cosas. “Jamás se irá de mi casa. Está loco por mí. Bueno, por lo que encuentra aquí abajo. Es una selva por donde ni yo misma se guiarme. Tiene todos los secretos del universo”. No estoy seguro de aquella señora entrada en las carnes del placer hubiese leído a Miller o supiese quien era Anais Nin, pero cada vez que se bañaba, sus manos se adentraban en ese trópico que ella aprovechaba a fondo. Me enseñaron que el amor no existía. Y me lo enseñaron por las malas, a garrotazos de desamor. Eso sí creo que Santa Teresa de Jesús amó con pasión total y enfermiza a Jesús. Sus poemas son los más admirables que pueda encontrarse en la literatura amorosa.

Vuestra soy, para Vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?
Soberana Majestad,
eterna sabiduría,
bondad buena al alma mía;
Dios alteza, un ser, bondad,
la gran vileza mirad
que hoy os canta amor así:
¿qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, pues me criastes,
vuestra, pues me redimistes,
vuestra, pues que me sufristes,
vuestra pues que me llamastes,
vuestra porque me esperastes,
vuestra, pues no me perdí:
¿qué mandáis hacer de mí?
¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le habéis dado
a este esclavo pecador?
Veisme aquí, mi dulce Amor,
amor dulce, veisme aquí:
¿qué mandáis hacer de mí?
Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma,
mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición;
dulce Esposo y redención…

Cuando escribe esto, la monja no se dirige al tendero, ni siquiera al Obispo sino a Jesús. Ella si amaba, ella sí supo lo que era el amor. Pero nadie en esta tierra ha llegado a su perfección amorosa. Por lo tanto nadie ha querido como ella. Ni Anais Nin que conocía todo lo que hay que conocer en el amor, en los vicios del amor, en las comuniones del amor. No, no creo en el amor, porque la mujer tiene mucha más ventaja que nosotros en esas artes. Ella es capaz de hacer que el acto amoroso dure casi indefinidamente. Conocen todos los trucos, todas las fórmulas para que ningún hombre o ninguna mujer pudiesen olvidarla. Los hombres no somos más que los criadillos que le ayudan cuando ellas lo necesitan pero que ni siquiera. Creo que nos permiten entrar en sus juegos amorosos por aburrimiento. Somos los machitos tan poquita cosa.

No hay razón de que haya amor en un mundo totalmente librado al comercio de las almas. Las mujeres empiezan a encontrarse de lleno y sin complejos en otra religión que inventó también Anais Nin, la del lesbianismo. Película al canto para probarlo y probablemente la colmarán de recompensas. Los hombres quedarán como abejorros para procrear, aunque es casi más fácil el alquiler de vientres y otros métodos de laboratorios.

El hombre terminará por no servir para nada. Y donde se ponga la finura, la dulzura, la elegancia y la gracia de un amor entre dos mujeres, que se quite el clásico tipo con su verga de risa, que casi siempre cae en plena acción, mientras ellas triunfan con un aparato reproductor único que además les permite ser las reinas del harem. Serán los hombres los que vayan a parar a esos lugares y ellas se convertirán en sultanas. Y no las obligarán más a inventarse Las mil y una noches. Serán los tíos los que tengan que jugarse la cabeza.

No hay amor porque hasta ahora las mujeres no se habían organizado en brigadas amorosas, en reinos femeninos, lejos de los patosos de amantes, novios o maridos. El amor en nuestro mundo es imposible. Puede que en el Renacimiento lo hubiese aunque me temo que el idilio tan envalentonado de Romeo y Julieta fuera una mera treta para lanzar el poder femenino. Porque el amor pederasta hasta suena mal. Y que feo, Dios mío. Tal vez con uno siglo o dos, el varón será dedicado a tareas inferiores, a tareas de reproducción o de recogedores de miel, o de flores para crear los Chanel 5 de ellas. Las mujeres siempre nos han dominado por su valor en todos los sentidos. No habría Chanel 5, el perfume del pecado, el que volvió probablemente loco a Edgard Hoover, el director del FBI, cuando veía como los grandes de su mundo, el Kennedy y otro, le rendían pleitesía. Y Marilyn Monroe era la reina de la manada. Por eso hubo que suicidarla.

 

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