Nostálgicos por favor

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Mi amor, seamos nostálgicos y nos salvaremos y hasta quizá entremos en el reino de los cielos. Porque la nostalgia es la confesión de nuestros pecados más bonitos, los que añoran todo lo que fuimos, todo lo que ya no volveremos a ser. Ser nostálgico es como que el Presidente de la República Francesa te imponga la Legión de Honor. Como yo no tengo más que la Medalla de Oro del Trabajo, mi nostalgia es como una gripe, vuelve regularmente. No necesito más que una foto, un olor, una palabra o un beso. Es verdad que estamos en época china de restricción de besos. Nadie besa, ni la española que, según el pasodoble, besaba de verdad. Ahora te dan un piquito si eres de esos suertudos.

El caso es que la nostalgia es imprescindible para seguir viviendo, aunque sea como los esclavos del Presidente Mao Tse Tung, el diablo tenga su alma, que con las manos creaban ciudades, carreteras y fe. La fe la tenían los jefes. Y a ellos, a los obreros esclavos empantanados en los burdélicos trabajos forzados no les quedaba más que la nostalgia. Pensar en cuando eran felices, cuando tenían una madre, cuando tenían un hijo. Cómo se hubiese divertido Mao viéndonos ahora a los europeos, sudamericanos y todas razas reunidas llorar en silencio, a oscuras para que no nos vean. Y todavía el coronavirus no nos obliga a llevar cartelones denunciando nuestras mil y unas carencias, como ocurría en la Revolución cultura del susodicho Mao.

Metámonos en un rincón, debajo de la mesa del ordenador, y abracémonos, besémonos hasta que los labios se rompan, hasta que los genitales estallen de placer salvaje, libres, desbocados, ahítos de más y más. Hacer el amor, dicen los psiquiatras, es una forma de escapar a la tristeza, de entrar en la nostalgia sana, la que siempre nos seguirá, incluso en los peores momentos. Ya no nos queda ni La Habana, donde tanta nostalgia me limpié en la piscina del Hotel Nacional, en medio de una orquesta desbocada donde solo faltaba Pérez Prado. Pero estaban todas las jineteras que entonces había en Cuba, porque desde entonces parece que los nuevos comunistas las han retirado de las calles. En Miami hay alguien que sabe mucho de eso y quizá por eso en parte esté en Miami, como un Scarface cualquiera al que persiguen las metralletas asesinas.

Una noche, en un avión que de Brasilia me llevaba a París, con escala en Sao Paulo, el vuelo era tranquilo, poca gente y calladita. Me tiré en la última fila y una azafata, rubita, fina y pizpireta, con una sonrisa de ángel a punto de pedir la excedencia en el paraíso. Creo que me vigilaba desde el embarque porque no tardó en acercarse con mi bebida preferida en las manos. Traía la pobre mía, que debería estar en los altares, hasta una minúscula botellita de Perrier. Era ya tarde, la gente dormía. Se sentó a mi lado. Con los ojos cuajados de lágrimas me bebí el primer güisqui al que siguieron unos pocos. La azafata me consolaba con esas palabras que solo consuelan en brasileño. Andaba mi azafata entre dos escalas de vida, como yo.

Charlamos, nos acariciamos cariñosamente, sus labios eran como una almendra del Paraguay y besaba con el barullo de la infancia. Seguramente entrenamiento para los primeros auxilios. Las manos de ella y las mías se perdían entre junglas salvajes con suspiros acallados por la prudencia. Cuando aterrizamos en Charles de Gaulle, París, le pedí que se viniese conmigo. Me sonrió y me dio el beso más grandioso de la noche. De una carterita primorosa sacó un par de fotos de niños. “Son mis sobrinos”, no me tienen más que a mí. Y me entregó una minúscula tarjeta.

Me acompañó hasta fuera del avión. Nos dijimos adiós. En el kiosco de periódicos eché a llorar. La nostalgia ya estaba en marcha. No nos volvimos a ver. Cuando me duché por la noche, sentí su olor y supe que por un rato habíamos sido dos nostálgicos que pierden el norte. Desde entonces ha quedado lo peor. La nostalgia. La puñetera nostalgia que puede más que yo. Y me recuerdo el olor del interior del uniforme, aquella boca de diosa griega hechizada por Ulises. Desde entonces me he acurrucado en mi nostalgia y no he vuelto a viajar.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *