Olvidar Bolsonaro, Recordar Brasil

Sergio Berrocal | Newsoncuba

La inconsistencia de la prensa y de la opinión pública en general está, a cada paso que da el coronavirus, menos asentada y más locuela. Nada más tomar posesión de la Presidencia de Brasil, se dijo que Jair Bolsonaro, que arrastraba un pasado de militar de poca graduación, teniente o capitán, sería una catástrofe, que no duraría, que era un militar, que había sido aupado por la poderosa Iglesia Evangélica, que en Brasil es una auténtica potencia religiosa y financiera. El desencanto se debía en gran parte porque su antecesor había sido Luiz Inácio Lula da Silva, el presidente más popular, de izquierdas, que había sucedido al elegante Henrique Ferdinando Cardoso y que transmitió la presidencia al Bolsonaro de ahora.. Es cierto que desde el primer momento Bolsonaro se mostró rebelde con todos aquellos que esperaban un presidente que no se rodeara de militares, triste recuerdo para Brasil por la dictadura que duró de 1964 a 1985 y porque no hacía nada como se esperaba de él. Tanto más que pronto quiso parecerse al presidente norteamericano Donald Trump, con el que pareció haber hecho una cierta amistad, lo que probablemente no era más que apariencia. Luego vinieron acusaciones de todo tipo. No se comportaba como un presidente, despreciaba el medio ambiente y el colmo fue cuando se le acusó de no haber hecho para evitar enormes incendios en la selva de Amazonía, la reserva ambiental más importante del mundo. Mi antigua ayudante en Brasilia me dice desde aquel fin del mundo que las cosas no van tan mal con el Presidente Jair Bolsonaro, el hombre que, además se las arregló rápidamente para que el expresidente Lula da Silva, el obrero medio dedo, fuese a parar a la cárcel, de la que por fin salió cuando a él le dio la gana. Es cierto que Bolsonaro es estrambótico y no se comporta como un presidente moderno, que parece contar con la potencia del ejército y no tiene muy en cuenta las necesidades del pueblo. Y llegó la pandemia del coronavirus que ha dejado sin resuello al mundo entero y entonces fue cuando se mostró de lo más odioso, negándose a llevar la mascarilla protectora y tomándose esta inmensa amenaza mundial con una sonrisa, la que tiene y que casi siempre exhibe como para cachondearse de sus interlocutores. No, las cosas no van tan mal para el ex milirar. Los colegios funcionan y por supuesto que tenemos el bicho chino que mata paseando por todo este vasto país.

Leo mientras ella me habla desde el otro lado del mundo que Bolsonario, ex militar de poca monta y acérrimo enemigo de la normalidad, se quitaba la mascarilla aunque cogió el virus,Decía que todo eso eran chorradas, imitando a su amigo el Presidente Donald Trump dejaba que los incendios se perpetuaran en la Amazonía, el pulmón del mundo se quiere o no se quiera, la esperanza de la humanidad que un día volverá probablemente a las cavernas. No, me informa mi amiga, Bolsonaro es católico y si va a la iglesia evangélica es porque su esposa es de esta iglesia. Lo que un hombre no haga por una mujer, apostillo sotto voce.Hasta ha subido a ratos su popularidad y ya no se le llama Nerón ni se oye hablar en la prensa mundial de aquellas barbaridades de antes. Ya parece que los militares no tomarán el poder. En realidad, se lo digo a mi ayudante de otros tiempos, de cuando la vida no tenía como condicionante el coronavirus, ya parece que en Europa y el resto del mundo civilizado, tu presidente no interesa a nadie. Es más, la impresión es que podría meterle fuego a toda la Amazonia y luego vender los palitos quemados por correspondencia y nadie diría nada. El bicho de Pekín ha conseguido que saquemos al bicho brasileño de nuestras preocupaciones. Qué vida más malvada, parece una película de tango y Pedro Navaja.

No hay que preocuparse, el tiempo y el olvido mandan. Es probable que ya no haya más grandes campañas contra Bolsonaro, a menos que el mundo sea invadido por una ola de aburrimiento. La opinión pública del siglo XXI es inconstante. Lo mismo un día clama justicia que al siguiente se le va de la cabeza lo que quería decir. No hay seriedad. Los periodistas menos. Hasta la prensa local termina por cansarse. Acusaron a Bolsonaro de ser fascista, militarista, de meterle fuego a la Amazonía, de ser un imbécil, un descabellado del interior. Y eso que va a la iglesia con su esposa todos los domingos. Entonces no queda más que a volver a soñar con lo que fue Brasil, sin ocuparse ni del presente ni del futuro. Brasil seguirá adelante, con militares o sin ellos. Y nosotros seguiremos recordando que cuando unos locos visionarios la sacaron del polvo de la tierra roja tropical, voces del mundo entero proclamaron Brasilia como capital de un futuro que en Europa y otros rincones del globo metía ya miedo. La capital federal ya ha cumplido la cuarentena y nadie se acuerda de ella, ni por su estética, ni porque es una ciudad impresionantemente bella, de la belleza que no entienden más que los estetas. Hablar o escribir sobre alguien o algo que se ha amado mucho, a veces hasta la sinrazón, es una de las cruces más pesadas que pueda echarse uno a hombros. Llevo cinco años intentando analizar con la baba de la frialdad el fenómeno Brasilia, esa ciudad que muy poca gente sabe que es la capital federal de Brasil y Patrimonio de la Humanidad y hasta Capital del futuro.

Salvo el presidente de la República, por el qué dirán pero que se escapa de la sabana en cuanto que puede hacia su piso de Sao Paulo, la Nueva York tropical, casi todos los políticos están deseando que llegue el viernes por la tarde para tomar el primer avión que les conduzca a sus modernas madrigueras de Río o Sao Paulo. Fíjense hasta qué extremos llega ese desprecio que es el olvido que mi documentación acaba de recordarme que Brasilia ha cumplido nada menos que cuarenta y dos años el pasado 21 de abril. La fecha ha pasado tan desapercibida en el mundo como mi cumpleaños. Ello es tanto más injusto y terrible cuanto que cuando los arquitectos Oscar Niemeyer y Lúcio Costa la parieron en 1960 los fuegos artificiales que la saludaron en medio de la tierra roja brasiliense se vieron en los cinco continentes. Toda la prensa habló del acontecimiento. Y hasta el simulacro de aeropuerto de entonces llegó lo más granado de la política y de la intelectualidad del mundo entero. Desde Fidel Castro hasta la escritora francesa Simone de Beauvoir quien la calificó con su displicencia made in Barrio latino parisiense de “elegante monotonía” mientras un despreciable arquitecto británico, acostumbrado a revolcarse en los ghetos de miseria de su país tan bien retratados por el cineasta Ken Loach, se atrevió a tratar a la capital de “trasero de la luna”. Sospecho que emplearía una palabra un poco más vulgarota.

Pero André Malraux, escritor y hasta ministro de Cultura en los tiempos de De Gaulle, proclamó urbi et orbi que la recién nacida era la capital del futuro. En los tres años de mi convivencia con Brasilia he oído de todo. El cosmonauta Yuri Gagarin no vaciló en espetarle al padre de la criatura, el presidente Juscelino Kubitschek, que tenía la impresión de haber aterrizado en otro planeta. Un diplomático argentino al que luego “invitaría” a marcharse el gobierno brasileño, pero no por su odio hacia todo lo que de cerca o de lejos olía a brasileño, me instruyó a mi llegada: “Mire, esto es como si el señor Yeltsin (entonces poderoso Zar de todas las Rusias) hubiese tenido la humorada de trasladar Moscú a Siberia”. Sin esquinas y sin calles, Brasilia es una diosa inaccesible cuyas curvas, en medio de avenidas-autopistas y de edificios que charlan con Dios allá en el cielo, nadie se atreve a acariciar. Ni ella se deja. Es una diosa que no se permite que la quieran, a la que ningún mortal puede hablar de amor. Ella sí que enamora cuando quiere y si no se convierte en Leda-Cisne toma las formas vertiginosas de una mulata de las villas miserias de Brasilia y a veces se transforma en sureña rubia de ojos verdes. Entonces ama y se deja amar. Pero cuando ella quiere. No se lo permite ni a esos grandes del mundo que es Brasil y quizá por eso detestan la ciudad y huyen a Río y a Sao Paulo, más enamoradizas y facilonas. Para el común de los mortales es todavía peor por mucho que uno busque la protección de la piedra mágica del Templo da Boa Vontade, donde algunos santos se parecen a Evita Peron y al Che Guevara. Tampoco vale implorar al Cristo que se desploma desde la cúpula rayada de mil colores en el centro de la Catedral, donde gigantescos apóstoles de bronce forman una temible guardia pretoriana. En el avión que me devolvía a Europa lloré cuando empezamos a perder de vista la antigua sabana convertida en el sueño de ciudad por obra y gracia del presidente Juscelino Kubitschek, impertérrito en el mausoleo que con la hoz y el martillo le construyeron en el centro de la capital. Lloré quizá como dicen que lloró el rey moro Boabdil cuando los temibles y retrasados mentales Reyes Católicos lo expulsaron en 1492 de Granada, sur de España, poniendo fin a una convivencia nunca lograda después entre judíos, cristianos y musulmanes en cualquier lugar del mundo. Implacable, sin siquiera la piedad que da el parto de un hijo, su madre enfrentó al monarca a caballo y delante de todos los cortesanos le escupió: “Lloras como una mujer lo que no supiste defender como un hombre”. En el avión me repetí esa terrible maldición hasta que el whisky de una azafata sonriente y morena (¿sería Brasilia que por fin me quería y me decía adiós?) acabó con mi conciencia del bien y del mal. Pese a los pesares, Brasilia está ahí, a once horas de vuelo de París. Y ni Bolsonaro ni el coronavirus podrán nada para que no siga siendo así. Mientras, Lula, el dos veces presidente y que no volverá a serlo, no sabe aparentemente qué hacer ni que decir. La comedia del amigo Bolsonaro ha terminado, al menos por un rato.

 

 

 

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