Pánico en las calles

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Qué felices éramos los que un día de 1951 descubrimos en las pantallas el último acierto de Hollywood, una película realista de Elia Kazan, “Pánico en las calles”. Y cómo temblamos de emoción, de miedo en aquel cine del norte de África donde se tiritaba de terror pero no de frio. Eran tiempos malos para los grandes realizadores del cine norteamericano porque un desquiciado llamado MacCarthy, senador sin grandes ambiciones, imbuido de una moralidad quizá campesina pero sobre todo endiablada, le dio por considerar que Hollywood, la única fábrica de cine del mundo, estaba lleno de comunistas, rojos que él identificaba en lo más granado de la profesión. Kazan, con su fama y todo, era uno de los elegidos por su comité de locos para hacerlo pasar por un criminal porque se le suponía una ideología marxista en el país más capitalista y aferrado al capitalismo del mundo. Unos cayeron, fueron sometidos a procesos interminables y aterradores y otros tomaron el primer barco que les ofrecía un billete para huir a Europa en busca de la tranquilidad. Kazan, genio reconocido del cine, fue el autor de una película que recordamos casi setenta años después, “Pánico en las calles”. Una historia sencilla, sin grandes problemáticas. Un marino desembarca clandestinamente en un puerto norteamericano. Inmediatamente la policía y sobre todo los servicios sanitarios inician su búsqueda. Y no es porque sea más criminal que otro, sino porque en el barco ha contraído una enfermedad mortal, que es fácil que transmita y que convierta la ciudad del desembarco en un infierno. Quienes la vimos nunca olvidaremos a Richard Widmark, que acostumbraba a recoger casi siempre papeles de malo, convertido en un oficial sanitario, con su impecable uniforme y gorra blancos y un rictus decisivo en la cara. Tenía que cazar a aquel desgraciado antes de que la ciudad fuese una pandemia viva. Jack Palance, con su cara de malo por donde fuera que pasara, era el marinero que toda la policía buscaba porque era él el portador del virus mortal.

Nada más y nada menos que sesenta y nueve años después, el mundo está viviendo un remake trágico de aquella película, pero aquí no está Elia Kazan para gritar “¡Corten!”. La película que estamos viviendo en 2020 es de lo más real. Millones de policías, millones de médicos, millones de todo tratan de atrapar al portador del virus que se nos ha metido en casa y que ya ha matado a más de un millón de personas, niños, jóvenes y, sobre todo viejos, por mor de un regalo enviado desde China, como un castigo maldito, como una venganza tipo peliculero a lo Fu Manchú. El coronavirus no tiene color ni olor, no es ningún marino al que se puede palpar, matar si el caso se presenta.

En el mundo de este 2020 es sencillamente coronavirus, un ente que solo los científicos reconocen con sus microscopios, mientras la gente, por mucho que se ponga mascarillas en la boca y tome todas las precauciones del mundo, es atacada y devorada a veces en días, a veces en horas. El mundo vive la pandemia más grave desde la mal llamada gripe española que siguió a la Primera Guerra Mundial de 1914. Y en la pequeña Europa temblamos como en las Islas Fidjis o en Nueva York. Hasta el presidente saliente Donald Trump, que tuvo que ser repentinamente hospitalizado en uno de los más grandes centros asistenciales para el ejército de los Estados Unidos. Es decir, que nadie escapa al bicho maldito. Y el miedo que sentimos todos no tiene una pantalla por soporte y no se puede abandonar con salir corriendo del cine. Aquí todo es realidad y empiezan los investigadores del cerebro a querer saber lo que pasa, lo que le ocurre a esos millones de personas que se saben amenazas, porque aquí no valen recomendaciones. Solo una vacuna que todavía no está a punto, que tardará meses en estarlo y que habrá que probar si es realmente eficaz contra esa sanguijuela feroz. Una reciente encuesta realizada por organismos españoles dicen que casi 60 por ciento de la gente está convencida de que nunca recuperará su vida normal. Un 57,7 por ciento temen enfermar, no poder trabajar, no poder atender a los suyos y, finalmente, morir. Un 51 por ciento está convencido de que ya se acabó todo, que es inútil hacer proyectos para cuando todo pase, si es que pasa alguna vez.

Los más optimistas, muy pocos, dicen que aprovecharán lo que les queda en la tierra, suponiendo que el bicho no se los trague para hacer proyectos que en un gran porcentaje nunca se realizarán. Las autoridades europeas están sumergidas en un caos sin precedentes. Los partidos políticos tratan de aprovechar el pánico para sacarle tajada a todo, siempre pensando cuánto tiempo les durará el poder según dure la pandemia.

Sin escrúpulos, una mayoría de políticos viejos, algunos muy corruptos y aprovechados todos presentan proyectos absurdos para luchar contra el bicho chino de la muerte. Entretanto, hay un desconcierto social y económico nunca visto. Por medidas de precaución, para evitar la reunión de gente, los bares y lugares de ocios apenas abren o son cerrados manu militares. La mayoría de las ciudades son tomadas por la policía que parecen pensar que poniendo multas a quienes no cumplan las reglas impuestas por la autoridad vencerán al bicho. La mayoría de los expertos opina que nadie sabe cuñando esto acabará y si acabará alguna vez.Es la desesperación, al borde del suicidio. Las farmacias están desbordadas por quienes buscan remedios milagrosos, que no existen, y por otros más pragmáticos que quieren acumular todo tipo de tranquilizantes.

Qué a gusto salías del cine hace más de sesenta años cuando veías que Richard Widmark conseguía encontrar al portador del virus y terminar con la pandemia. Pero en nuestro mundo no hay Richard Widmark que valga. Pero sí una pandemia espantosa y sin piedad. Y médicos incapaces de combatir eficazmente lo que conocen apenas.Y a todo esto, la falta de trabajo, el hambre que provoca colas en los comedores caritativos, cuyos almacenes alimenticios están cada vez más vacíos.

¿Es el fin del mundo?

 

 

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