Punto y final

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

He dicho tantas veces que ya no escribiría más, tantas como que no volvería a beberme un güisqui ni harto de Perrier. Pero, ¿si no escribo, no bebo y no leo, qué me queda? El amor, me dice una voz salida del fondo de la cama. Hace tiempo que desapareció. Qué extrañas son las mujeres, y lo digo sabiendo que siempre las he considerado como los seres más transparentes y adorables. Y lo son. Pero yo no. Yo he cambiado y ellas lo han visto. La última vez que lo intenté fue en un restaurante de Madrid, cuando todavía no había aparecido el coronavirus. Velada agradable en lugar paradisiaco, como a todos nos gustan, elegantes, con camareros que sepan que no se meten los dedos en los platos y otros principios de alquimia hotelera.

Creía que todavía me quería. Yo la quería mucho porque era la sonrisa perfecta, siempre a flor de dientes magníficos, siempre a flor de sonrisa, pese a que tenía muchos problemas con los hombres. Tantos como yo con las mujeres. Pero por eso me dije que era la mejor unión. Poco antes habían elegido Presidente de los Estados Unidos a Donald Trump y ella desde un condado cercano a Washington me daba sus impresiones. Yo escribía para el obtuso lector europeo que nunca ha entendido nada de los norteamericanos. En realidad nadie entiende a esos indígenas que quieren ser ahora los más guapos del mundo.

Belinda me mandaba señales desde unos meses atrás. Yo era el hombre, el suyo. Llevábamos muchos meses conociéndonos. Cuando nos abrazamos en Madrid, ni nos besamos, entendí que la magia estaba en la distancia que nos separaba. Todo acabó en la cena. No la acompañé a su casa. Al cabo de unos meses me escribió que se había equivocada, que estaba prometida con un mexicano, y yo creía que esas cosas ya no se llevaban, y que me fuera al carajo.

Eché un vistazo a La Habana y vi que no tenía nada que hacer. Y volví al ordenador y comprendí que era lo único que me quedaba. Escribir o no ser nada. Porque mientras escribes, aunque sean pavadas, la gente tiene una cierta admiración, o pena, que para el caso es lo mismo.. Pero, ¿cómo te van a admirar si eres incapaz de hacerlas felices? Las mujeres quieren, exigen, que los hombres las hagan felices, dándole caprichos, convirtiéndote en sus ídolos o lo que sea. Tienes que figurar en el expositor del salón.

Pero es que ya no se llevan los tios. Ahora lo que vale es el amor entre dos mujeres y he de reconocer que estoy enamorado de ello. Dos mujeres que se besan es lo más bello que he visto. Bueno, se me ha acabado la tinta. Voy a dejarlo aquí. Ya no recibo ni email. Solo se me mantiene fiel una vieja amiga, un viejo amor abortado diría yo, que vive al otro lado del mundo y que tiene una vida suficientemente interesante como para que ni me mire a sotavento. De Brasil salí sin más amor que los muchos que creía tener y que luego todos fueron falsos. Me quedó la garota de Ipanema, que tarareo cada día más, señal de que estoy en las últimas.

¿Y qué se hace cuando nadie te llama, cuando te cuelga con cualquier pretexto o dice que está ocupadísima, o que el marido es un encanto que no lo cambia por ti, cuando hace unos meses estaba dispuesta a mandarlo a las Antillas menores con tal de estar contigo?. La dama del Chanel, como la llamaban las que sabían de ella y querían que yo tomase otra dirección.

Es espantoso. Se ha apagado la luz.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *