¿Qué pasa en Cuba?

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Me imagino a La Habana como en la canción de Charles Aznavour, salvo que ni hay góndolas ni canales que apestan y pueden dejar algún día la peste como en aquel libro que te hizo odiar los puentes, los gondoleros y toda la parafernalia para turistas que creen haber llegado al paraíso donde Ernest Hemingway quiso encontrar su último amor. Ya se acabaron los grandes amores, las enormes pasiones que del Hotel Danieli al Nacional danzaron durante muchos años, a veces al son de una pianista elegante y bella que se esforzaba en conservar una sonrisa. Me temo que hasta el cristal de Murano lo fabriquen ahora en cualquier lugar de China, tal vez en esa ciudad china de triste recuerdo, Wuhan. Pero qué más da. Ahora los enamorados tienen que besar con una mascarilla aunque algunos las arranquen en la rabia de amar.

Ahora se reúnen por lo visto unos cuantos que no deben de ser precisamente los más atrevidos ni los más revoltosos, jóvenes a los que se les da nombre de intelectuales, artistas u otra cosa que parezca razonablemente justo, artistas tal vez, para hablar de cultura y del futuro con las autoridades designadas, hasta con el Ministro de Cultura. Olvidar San Isidro y recordar que hay que dialogar con jóvenes artistas o como les llamen “que no han comprometido su obra con los enemigos de la Revolución Cubana”, leo en el diario Granma que ahora cita seriamente fuentes y más fuentes para que permanezca el agua clara de la verdad. Daría risa si no estuvieran en juego tantas cosas. Porque no creo que nadie olvide la presencia del sucesor de Fidel, Miguel Díaz Canel, con una glamorosa mascarilla hablando o lo que sea con jóvenes reunidos en otro parque de La Habana, fuera de San Isidro, como si los miserables de Victor Hugo pudiesen aparecer de pronto y armar la marimorena. Muchas cámaras, todas las que faltaban en San Isidro, donde se transmitía por teléfono y nosotros lo seguíamos en Europa como un directo un tanto improvisado.

¿Y ahora qué? Pronto será el Festival de Cine de La Habana y, como de costumbre, imagino, los habaneros se lanzarán en busca de una butaca, sobre todo en el Yara porque el Chaplin siempre me ha parecido como más aburrido. Y Cuba es folklore del bueno. ¿Y qué va a pasar?, me preguntaba un compañero de París que cree que porque pasé por La Habana sé todos los misterios y a mí me lo cuentan todo. Creo, amigo, que no pasará nada. Todo seguirá igual, aunque haya un preso menos o uno más que eso no tiene importancia cuando ya te tienes casi que jugar la vida para conseguir algo de comer en esas tiendas siniestras que han decidido los ganadores. Antes teníamos las diplotiendas (quizá existan y yo sin saberlo) y lo solucionabas casi todo. Pero ahora hay que hacer colas interminables, las mismas que en cualquier ciudad de Europa de producirse provocarían que la policía a caballo tuviese que intervenir.

Es que los europeos no tenemos la santa paciencia de los cubanos. A ellos les ha concedido el diablo una paciencia de martirologio. Pero no se preocupen, turistas que ya preparáis en vuestras casas de la Europa fundida por el coronavirus vuestras maletas para tratar de oler en San isidro y hablar con la gente que les contarán lo que les de la gana. En Cuba hubo una Revolución, un tipo fuera de serie, Fidel, que se murió en mal momento. Y esa es la historia. Ahora seguirán hablando sobre la cultura. Habrá para todos. Puede que hasta se hagan otras exposiciones y se den más conciertos. Señores, el cuento ha acabado. No hay nada más que ver. Váyanse a hacer cola ahí en la esquina que me han dicho que hay unos murlitos de pollo…

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