Se acabaron los J’ACCUSE

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Aburre leer periódicos, sean del país que sean, de la tendencia que tengan y no importa siquiera quien los paga ni con quién juega su director a las cartas. Es aburrimiento garantizado y sólo hablo de los periódicos más cercanos, los europeos. Además de aburrimiento, mala fe, falta de objetividad, ningún sentido ético o tan poco que apenas se ve.Aburre leer los mismos titulares. Enfrascarse en editoriales que ya no se llaman ni así, en los que no se dice más que lo que conviene al amo del periódico, que no son los periodistas, claro. Por lo menos en el siglo XIX y en Francia, que fue el país más adelantado del periodismo, las cosas estaban claras. Si eras millonario, en cualquier actividad, bolsa, fábricas o simplemente cambista, te comprabas un periódico a punto de hundirse pero con buenas plumas y lo ponías todo al servicio de tus intereses. Nadie parecía extrañarse. Eran periódicos sinceramente y declaradamente de negocios, que servían a los negociantes, para publicitar sus productos, que podían ser acciones de las minas de oro de Jerusalén, que por supuesto no existían. Pero no pasaba nada porque a nadie se le ocurría tomarlos en serio. Y entre dos estafas, la estrella del periódico escribía un artículo de alto calado. Al margen de las noticias de guerras, accidentes, volcanes en erupción y otras triquiñuelas, se manejaba un diario como las cotizaciones de bolsa, con talento de la ocasión. Pero era una prensa muy diversa, con escritores hechos y derechos que se ganaban la vida en la Redacción para poder escribir sus libros en los ratos libres. Pero nadie gritaba porque no existiese la objetividad ni la libertad ideal.Curiosamente, uno de los hechos más importante del periodismo mundial se produce en esa época. En 1894, un oficial del ejército francés, pero judío, y el antisemitismo está que vuela, es acusado de alta traición. Francia y Alemania están siempre dispuestas a desenfundar las bayonetas. El capitán Alfred Dreyfus es víctima del antisemitismo que reinaba entonces en Francia, que unido a la eterna querella con Alemania produce una situación cuasi explosiva a lo largo del tiempo. Dreyfus es degradado y enviado como castigo a la isla del diablo, un penal que temen hasta los bandidos más temibles en la llamada Isla del Diablo, en la Guyana francesa. Mosquitos, paludismo, algún cocodrilo y el mar como puerta de prisión.

Entonces, Emile Zola, el escritor “social” más vendido de Francia considera que aquello es una simple canallada y que no hay que dejarla pasar. Y escribe su famosa carta “J’accuse” (Yo acuso) al Presidente de la República, Félix Faure.Nunca más la protesta de un escritor, de un periodista tendrá en el mundo el eco que aquella carta que tapaba toda la primera plana del diario L’Aurore. Ninguna de las denuncias que desde el siglo pasado han salido vía prensa en Estados Unidos o en cualquier lugar del mundo ha conseguido tener el eco del grito desesperado de Zola. Probablemente porque la prensa actual, aunque se nutra en gran parte de constantes acusaciones contra el Presidente Donald Trump o algún que otro pájaro de presa del mismo calibre consigue tener el impacto del J’accuse.Sencillamente porque los lectores ya no creen en gritos a lo Zola, porque nadie sabe darlos y porque serían tan cotidianos que aburren y los lectores, quienes tratan de encontrar refugio en las vidas de las mil y una noches de los futbolistas estrellas que además de ser millonarios pueden estafar a Hacienda y a quien se le ponga por delante. Son los nuevos Superman, no por el bien que hacen sino por el poder imparable que poseen.

El lector, si es que hay todavía quien lee un periódico, está tan harto de todas las triquiñuelas de los poderosos para hacerse con el poder y llevarse todo lo que no es suyo que apenas reacciona.España acaba de vivir uno de los escándalos más sangrientos que se pueden soñar en materia financiera. Más de treinta personas que arruinaron un banco, y al Estado, y a miles y miles de personas, han sido absueltas de golpe y porrazo y sin previo aviso ni causa que lo justifique por un tribunal en Madrid. El cacique de esta banda de ladrones era Rodrigo Rato, el más poderoso ministro que ha tenido España, y que en el lanzamiento de un nuevo banco Bankia se le acusó de “apropiación indebida” lo que significa llevarse hasta el agua de los ríos. Con él robaban treinta y tantos colaboradores.

Estos días, Rato, que fuera nada menos que director gerente del Fondo Monetario Internacional, y sus acólitos, fueron puestos en libertad por un tribunal que los declaró inocentes. Tamaños estropicios financieros y otros, porque de todo hay en este paraíso de la estafa, hacen que el público caiga en la más profunda de las miserias en cuanto a la confianza en la cosa pública. Se ha producido el gran desatino cuando España vive sumida en los escándalos políticos, en un paro galopante provocado en parte por la pandemia del coronavirus y por mil estafas. Pero no pasa nada. Y los periódicos no han publicado todavía ningún J’accuse. Digamos como atenuantes que los escritores que podrían hacerlo ya murieron. Emile Zola no existe en una España podrida por ambiciones políticas y financieras de todo tipo, una magistratura que hace gritar a la prensa extranjera pero que en España no produce grandes perturbaciones morales. Y nos acostumbramos, como si no pasara nada extraordinario.

Y la gente sigue muriendo. Unos de coronavirus y otros, más callados, de necesidad, de no poder dar de comer a sus hijos por ejemplo, envueltos en el manto de los ricos que lo quieren todos para ellos. España tiene el record del paro y de las ambiciones desenfrenadas de unos pocos que creen que el Estados son ellos.

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