Sexo por compasión

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Cuando García Lorca presumía de llevarse a una mocita al rio y Julio Romero de Torres amaba a las más bellas y espectaculares mujeres de Córdoba, tú estudiabas para ser bandolero en una cueva del Sacromonte donde la mentira de aquellos bandidos embusteros con trabucos de teatro estaban a sueldo del Rey de los gitanos. Lorca se enfangaba en las bragas de una mujer casada pero deseosa de conocer la poesía y el señorito de Córdoba mandaba nacer la chiquita piconera, inmensas piernas, un rostro de madona seducida por un monje cisterciense. Te despertabas de tu sueño y veías como si estuviese en tu cama la parte más íntima de la casada, con un pubis que se parecía al del Nacimiento del mundo, el origen del mundo que Gustave Courbet enseñó con gran escándalo a los burgueses de París tan poco románticos que no sabían el tesoro que las mujeres tenían entre las piernas, perdido en un santuario de enredaderas negras, sin plano para encontrar la entrada.

Pintores franceses que se volvían locos por el sexo de sus modelos que ellas les ofrecían para un cuadro gigantesco que alguno rompería de sus manos, con la rabia del amor imposible y la esperanza de que un día alguien te amará. Toulouse Lautrec, el enano aristócrata que se llevaba a la cama enormes mujeres del ballet del Moulin Rouge por las que tenía que escalar para descubrir sus pechos, el ombligo, que otros desdeñaban, y la entrada a la cueva del placer, que ellas, mujeres amorosas, cariñosas, aduladas por la magia del talento, abrían con suspiros, gritos y el enanito entraba como Alicia pero sin gato.

Jesús, el único hombre que supo de mujeres, y no solo de María Magdalena, fue matado asesinado por los celos del mandamás romano que no soportaba que un tio tan guapo, de una inteligencia que la gente corría para escucharle en arameo aunque no comprendiesen la lengua. Los malditos romanos, los norteamericanos de la época de las crucifixiones, condenados a la mariconería romana con sus falditas de cueros preciosos que un Paco Rabanne hubiese podido tejer y luego coser en sus piernas de atletas de pacotilla. Toda la potencia en Roma residía en sus locuras, en sus artefactos nucleares que ninguna comisión de la ONU había descubierto debajo de la cama de Cleopatra, porque los fariseos preparaban una rebelión pero cuando empezaron a sacar los misiles en el caballo de Troya se percataron de que aquello era un lugar llamado Corea y que un teniente coronel norteamericano, el amo de los helicópteros, que le comían en las manos, mandaba matar fariseos como si hubiesen sido pobrecitos vietcong de aquella locura de Vietnam. Crucificaron a Jesús entre los llantos de sus mujeres porque no quería que interrumpiese la conquista del rio Mekong, que los yanquis malditos utilizaban para hacer surf o para enterrar muertos, porque ni tierra hacía falta para sus atrocidades.

Marlon Brando, que dicen engañó a la bonita María Schneider, a la que su madre, la bella de cuyo nombre ya no me quiero acordar, porque la amé desde una butaca de cine donde normalmente el sexo de las palomitas era feroz, amaba a todas y a todos. Era un discípulo del amor sin fronteras. Y cuando el sucio de Bertolucci lo encerró en un piso vacío de París y contaron a la niña que simularían una penetración anal con mantequilla, algunos dicen que podía haber sido cine porno.

Ay, Van Gogh el holandés, el puro que nada más tuvo una mujer por la que estuvo a punto de cortarse el pito pero finalmente prefirió darse un tajo en una oreja, cuánto te hubiese gustado estar en aquel piso de París para retratar a Marlos Brando y a María y a la mantequilla más fina comprada en el mercado de la rue Montmartre un jueves por la mañana. Es la civilización francesa, la de la mantequilla que enriquece las rebanadas de pan de los infantes y puede ser un pasaporte para el amor envuelto en sábanas de mil colorines compradas en el mercado Saint Pierre, en pleno Montmartre.

Amor y guerra fue todo lo que conoció como actor Marlon Brando, hasta que probablemente le volvieron loco, dejándose matar como Padrino y encerrándose en una infame cueva allá arriba en el rio donde agentes federales norteamericanos, despistados con cascos y uniformes, le buscaban porque era un dios. El sexo que ha mandado en el mundo desde que el mundo naciera. El mundo que se destruye porque los hombres malos que lo dirigen no tienen sexo placentero, divino y mitológico. Necesitan a la diosa Circé para que les guíe entre las piernas de una mujer porque son insanos borricos capados que no piensan más que en hacer daño, destruir, es lo único que les procura alguna satisfacción. Y aunque suben en aviones privados con gafas negras nada saben de aquella azafata turca que convirtió al sultán al catolicismo más ortodoxo, solo con el poder de su sexo. Hagan más sexo y cometerán menos crímenes. Porque los asexuados, aquellos que no entienden lo que decía María Magdalena y tenían nada más que feministas para calmar sus ardores, están condenados al infierno del cretinismo político. Y nunca entrarán en el cielo, ni en el reservado a los malditos sinceros.

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