Soñando en mi butaca

 

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Eran aquellos viejos y destartalados cines de antaño. Auténticas casonas que con el tiempo los promotores inmobiliarios de esta Europa de Aladino y sus ladrones han hecho desaparecer en gran parte a veces para construir enormes aparcamientos y viviendas de lujo. Lo que se lleva en esta época del petróleo rozando los cien dólares por barril, con los europeos desesperados por el desenfrenado coste de la vida, con los sueldos que no llegan para terminar el mes, son los enjambres y en cada alveolo un cine pequeñito, donde apenas tiene uno sitio para las palomitas. Ni para uno de esos coronavirus que tanto nos aman. Y ya ni eso. Porque hace un año que un malévolo bicho enviado desde China como regalo de esa República comunista con aires de capitalismo nos impide hasta respirar. En París y alguna que otra capital, pero no demasiado, salas a la antigua usanza han escapado hasta ahora a la vigilancia de esos grandes benefactores de la humanidad que son los promotores inmobiliarios. A esos divinos apóstoles del dinero, criados en la esencia de los más exquisitos e infames cardos borriqueros de la incultura, se han unido los retrasados globales del intestino grueso, que defecan sus abominables eructos cansinos de gruesa envidia en la prohibición del bienestar cultural. Anduvieron en un tiempo por la calle Montera de Madrid. Calle corta y entrañable llena de prostitutas de todas las edades y de todas las nacionalidades. Viví unos meses, en los noventa, en un hotelito de la Calle Aduana que en tiempos fue el refugio eclesiástico-abdominal de las folclóricas y de los toreros de la vasta España. Los del intestino gruesos han decidido que estaban hartos de la vecindad de las dames de petite vertu (traducción del francés florido: putas) y han unido sus esfuerzos probablemente para revalorizar los edificios que desembocan en la Puerta del Sol, lo más castizo de esa capital española que poco a poco sucumbe a la codicia malhechora de las otras sectas de la construcción que buscan dónde hacer su agosto.

Al comienzo de la calle Montera había (¿hay?) una hamburguesería con grasas por todas partes pero que tiene la gracia de ocupar un edificio de magistrales mármoles tallados en la fachada. Casi enfrente hay (¿había?) un cine que a mí me llenaba de gozo. Tenía una pantalla enorme, siempre en technico- lor aquel de la MGM del león rugiente, y los asientos eran de terciopelo rojo. Cuando yo lo conocí, el terciopelo estaba desgastado por el frotar sin parar. Expertos cinematográficos de la Universidad de Vallecas City me revelaron un día que aquellos asientos, y en particular los palcos del fondo, habían sido sublimes Cabos Cañaverales para el lanzamiento de bebés al mundo. Bueno, en realidad, me decían aquellos expertos cubiertos de la caspa del lugar, lo más frecuente en este cine es que las novias que habían jurado no dejar penetrar al varón en sus recónditas trompas, ejecutaran el rito adyacente e inconsecuente que terminaba por el derramen indivisible de las agallas del macho benefactor y truculentamente privado de su hombría. Un acomodador de aquel explicó con el deje filosófico de la propina a punta de linterna acusadora que con todo el líquido vital derramado y desperdiciado, subrayaba él con la rabia del Viagra, España habría podido recuperar la curva demográfica que la habría hecho campeona de bebés en Europa. En París, eternos años 60-70, yo vivía en Montmartre, sí el barrio de los pintores, pocos y más cruentamente comerciales que los tipos esos de la construcción, y frecuentaba un cine maravilloso en la confluencia del metro Barbés. Los John Wayne que yo he disfrutado allí, embutido en una butaca sin restos demográficos…Los franceses no confundían los géneros como los españoles, aunque a veces…

El cine era para ver películas y el resto de las actividades propias quedaban para los guateques con música de Pérez Prado (era espantoso el ritmo, a veces te perdías y ellas te pedían un bolero, más lento, claro) o simplemente para un colchón en la oscuridad cómplice o no de una habitación que olía a crema dental y sobre todo a Chanel 5 falso. La primera vez que me enamoré fue del Chanel 5 auténtico. Al rato, ya destapado, descubrí que detrás del perfume de la señorita estrambótica que había revolcado su traje de Alta Costura por el piso de madera, que sufran los del colon irritable, se escondía una muchacha que me decía “Je t’aime” (si quieren conocer la traducción en su esencia más exacta vayan a una academia) y de la que me enamoraba locamente, para siempre jamás, je t’aime moi non plus. Pero España seguía siendo diferente. El 31 de octubre de 1971, con el rigorista Francisco Franco todavía en vida, el cine adquirió destartalado protagonismo en un pueblito tan maravilloso como diminuto, Archidona, sur de España, al límite de África y de Fuengirola, donde yo muero. En el cine local archidonés, el único, una pareja estaba sentada en la sala muy seria y almidonada. De pronto, ella (en salvaguarda de esa virginidad vigente hasta el matrimonio y luego disponible para los amigos) incitó el miembro viril de su acompañante suficientemente para que “escupió tal cantidad de semen, y con tal fuera, que dos filas se vieron perjudicadas por el baño de jugos”. Esta historia la contó a toda España, con pelos y señales, Camilo José Cela, Premio Nobel con el título de “El cipote de Archidona”. Cabe recordar que Cela siempre fue un eminente romántico. Cosas del cine, sin duda. Porque aparte las pelis de vaqueros en Barbès, donde yo más he disfrutado ha sido en los cines Yara, Chaplin y La Rampa, en La Habana, durante los festivales de cine. Es una experiencia imperdible ver a la gente abalanzarse como en El acorazado Potemkine hacia las puertas y por mucha credencial de prensa que el reportero de turno lleva muchas papeletas para tener que ver el filme de pie.

Los habaneros sienten pasión por el cine y un rato antes de que se encienda la pantalla se desparraman por las bu- tacas comentarios sobre la vida de todos los días, las de ellos, que antes de que se apaguen las luces se convierte en un tratado social para el curioso periodista extranjero. He tenido emociones maravillosas pero nada compara- ble a la que me proporcionó una película difícil de juzgar más que con lágrimas: “Mi hijo el Che” en el cine La Rampa. El padre del guerrillero, un hombre ya alcanzado por el pelo blanco del sufrimiento, hablaba de la muerte de su niño. Lo hacía con tanta pasión que no pude contener ese re- pelo que muchos años después sentiría en el estadio Maracaná de Río de Janeiro cuando el Papa Juan Pablo II, que arrastraba ya un Parkinson extravagante, quiso hacer la ola con los miles de personas que le rendían homenaje. Quién sabe si a estas horas los dos no estarán charlando allá arriba, según se entra a la izquierda.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *