Todos Céline

Sergio Berrocal | Newsoncuba

“El alma es la vanidad y el placer del cuerpo mientras todo va bien pero es también las ganas de salirse del cuerpo cuando está enfermo o que las cosas van mal”. Así escribía Louis Ferdinand Céline, el más despiadado escritor francés, que estuvo a punto de ser fusilado por los franceses que le acusaban de haber colaborado con los alemanes cuando Francia estaba ocupada por las tropas de Hitler. Era Céline un gran escritor, quizá el más profundo que se hayan conocido en las letras francesas, aunque las rabias, las envidias, lo hundieron en la locura y entonces hablaba del alma como vanidad, mientras curaba a algunos enfermos que le quedaban en lo alto de Montmartre, porque también era un gran médico.Todos hemos querido ser Céline alguna vez, bueno todos los que le conocieron por sus escritos que nadie pudo igualar. Estaba loco, decían los unos, es un traidor apostillaban los otros. Loco sin todos los remedios que nos ofrece la farmacopea del siglo XXI, destinados a volvernos pasivos dementes, como aquellos corderitos amaestrados con los que la Reina María Antonieta jugaba a la pastora en una granja que le habían fabricado en Versalles. Eso era antes, claro, pero nunca se sabe hasta dónde va el desconocimiento, de que los revolucionarios de 1789 le cortasen su dulce cuello en la guillotina. Todos locos pero sin Prozac que llevarse a la boca. Las dos mujeres que ya llevan dos o tres años en mi salón paseando por una playa de arena ideal, con la autorización del pintor Sorolla, otro loco de la vida, porque nadie pasea por la arena con vestidos de seda, sombreros que se lleva el viento y ganas de hacer el amor allí mismo en la arena antes que de que llegue la marea. Orfidal, Zolpidan, Diazepan. Estilnox son nombre que permiten vivir a los locos que andamos sueltos, porque ya no hay manicomios. Es una forma de seguir viviendo sin provocar escándalos, locuras. Otros no los toman y degüellan a sus hijos, a sus mujeres. Mujeres que apuñalan al varón que les dio placer pero que ya no les gusta porque no tiene imaginación.

Un día en que mi locura estaba estable después del cóctel de pastillitas de la mañana quise ir a la playa que tengo a doscientos metros. Pensé que podría buscar a las dos mujeres vestidas de seda, como cuando Proust las perseguía con su fama de homosexual y sus magdalenas que solo tomaba con té, en la cama, y si mamá se las traía. Siempre pensé que estaba enamorado de su madre, como todos los hijos que no nacen homosexuales. El amor tiene que culminar y las madres saben. Una amiga me contó con cierto apuro de culpabilidad que su hijo tenía siete años y que le exigía mamar a todas horas. Pero le brillaban los ojos de placer cuando el niño chupaba con una técnica perfecta. Me gustaría vivir dentro de un cuadro, metidos entre las muselinas de las mujeres de Sorolla o en las bragas amplias y acogedoras de la joven de la perla que miraba a su pintor y amo, Vermeer, con ojos de enamorada. Vivían en talleres de madera construidos en las casa de muñeca que todavía existen en Amsterdam, por encima del canal donde no creo que nadie se suicidara arrojándose al agua. Vivir protegido entre los pintores flamencos, en medio de las faldas de las modelos que no tenían mucho reparo para ceder a la tentación de hacer el amor, en el silencio del estudio. Y luego, nueve meses después, parir con el orgullo marcado en la frente.

No me gustaría esconderme en un cuadro de Van Gogh porque estoy seguro de que terminaría como él, loco de pasión, loco de soledad, loco de locura, de esa locura que nada más que da la indiferencia. Claro, no le querían porque no conocían sus cuadros, los que atesoraba inmediatamente terminados su hermano Theo en París. Imagino la locura de las mujeres por aquel hombre que pintaba y pintaba sin decir nada ni reclamar más que la pensión que su hermano le mandaba todos los meses de París, porque si hubiese tenido que vivir de la venta de sus telas, Van Gogh no hubiese existido como pintor, quizá como paria, como loco en una institución caritativa.Muchas veces me he sentado con él en una mesa del café amarillo, en Arles, en el sur risueño de Francia. Y hemos bebido juntos, mucho y fuerte. Pero nunca hemos hablado. Van Gogh hablaba un francés que solo le valía para intentar conquistar mujeres. Padre nuestro que estás en los cielos… Cuántas veces debió rezarlo, acurrucado en un rincón del pueblecito de Auvers sur Oise, cerca de París, que hoy vive no de sus cuadros sino de su recuerdo. Se visita su cuarto de austeridad monacal, los cafés que celebró en sus pinturas, el lugar donde se pegó el tiro de gracia, con una pistola tan vieja que debió ser como el descabello de un toro. Le costó trabajo morir. Y morir solo que es lo peor.

 

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