Tres niños de Eva

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

Fornicaron sin parar veinticuatro días y veinticuatro noches, después de que un señor amable les hubiese abierto las puertas de lo que designó como paraíso. Dos mil y no se sabe cuántos años más después, uno de los frutos de aquella fornicación sin parangón, uno de los nacidos estaba en un monte de Cataluña, frontera con Francia, buscando champiñones, en un acto suicida ya que no sabía distinguir los venenosos de lo demás. Pero esto le había ocurrido toda su vida de periodista internacional y se dijo que se ensució las manos con tantos champiñones venenosos que ya nada podía pasar.

En el sur de España, otro periodista de tiempos pasados, al borde de la locura de una vida marcada por cientos de sensaciones desagradables que un psiquiatra calificó de “locura pasajera a ratos”, no sabía que existían los bichos catalanes que su colega cazaba en los montes que enfrentaban su casa. Se dedicaba a escribir y a escribir, aunque nadie le hiciera caso. En París, otro miembro de esa legión de los sesenta, antiguo aviador, no sabía si dedicarse al golf, un rato coñazo o a la degustación de Armagnac sedoso. Hasta que se dedicó a la escultura y su ego estaba feliz como sus amigos. El buscador improvisado de setas había sido muchos años atrás uno de los primeros periodistas que había tenido suficientemente intimidad con la curia del Vaticano para que desde Roma poder tomar el pulso a los Papas y averiguar la muerte de alguno antes que otros locos de la información pudiesen pisarle la valentonada.

Crio hijos en Italia, fundó restaurantes de los que los más gastrónomos recuerdan todavía. Pero el periodismo pasado por las islas españolas donde entonces, tiempos aquellos benditos, se podía ser hipi y enamorarse mil veces. Luego le tocó el turno de París, con el lápiz en ristra y el oído a visor. Era un excelente periodista. Tanto que apareció por Barcelona cuando Salvador Dali, el pintor que todos hemos amado, estaba a punto de morir. Y fue él, nuestro buscador de setas, quien le cerró los ojos con un despacho enviado a su agencia afirmando la muerte del Maestro. Ningún otro periodista se había enterado todavía. Creían que el genio dormía una siesta.

En cuanto al aviador, su historia está encerrada en un manuscrito que lleva consigo a todas partes y que nadie ha leído. En la compañía aérea que lo acogió piso cabezas y torsos sin hacer daño a nadie para llegar el primero a todos los puestos, al uniforme con galones, a la confianza de celebridades que entonces pasaban mucho por París, en busca de novias y otros chismes. Es un tipo del norte de España, creo que asturiano, que consiguió curtirse una brillante carrera en el dominio de la aviación, convirtiéndose en un geniecillo cuando una comunicación por telex entre las diferentes oficinas de la compañía podía valer oro.

Y se jubiló y también corrió para el monte, pero con mucha elegancia, con un palo de golf. Hasta que comprendió que la escultura era lo suyo. En cuanto al tercer feto de los días y noches de lujuria de Adán y Eva, mamó periodismo sin parar, estuvo donde había que estar y también donde nadie le llamaba en muchos lugares del mundo entero, donde consiguió saber cosas que a veces destilaba en sus escritos de jubilado, pero con la elegancia de los que saben algo del comienzo de todo.

Este último bastardo vive en una isla en el extremo sur de España y hace lo único que quiso aprender, escribir. No le gusta arrancar setas del suelo porque dice que sus riñones son frágiles, y se contenta con contar las historias que los otros le dictan. Los tres nacidos de aquel primer descubrimiento del amor salvaje entre Adán y Eva es un adicto al güisqui, que toma mirando a las montañas donde crece la palma.

 

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