Ulises enamorado

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

La espuma de mi mar se ha convertido en un torbellino y espera con la paciencia de los siglos la ninfa que se arrojará al agua para saborear la primera la sal de este universo marino tan grande o tan chiquitito cuando está calmado, que es casi siempre. La playa está desierta en mi isla cercada por todas partes por la esperanza, la desesperación y la creencia que un dios más fuerte podrá vencer al bicho chino que nos mandaron como una maldición, un ogro que ni siquiera los estudios de Hollywood se hubiesen atrevido a inventar por miedo. De todos modos, dan ganas de echarse a nadar hasta la orilla de África, que se ve como desde un patio de vecinos y seguro que después de que hayamos atravesado el estrecho de Gibraltar ella me estará esperando pacientemente, como Penélope aguardó durante treinta años a su amado Ulises, el hombre más querido y menos constante.

Pero ha pasado tanto tiempo, tanto tiempo ha pasado, y tantas batallas se han cruzado en sus destinos que a ella le han llegado rumores, gritos y llantinas de la guerra sin cuartel que los humanos libran contra el bicho. Es posible que el valiente Ulises haya querido terciar. Ojalá pudiese pedir auxilio a la diosa Circé, la más bella de todas, la más discreta, y la que de su discreción saca fuerzas y trucos que nadie conoce.

Pero cuando Ulises fue llevado por un extraño viento hasta la playa de su isla, ella usó de toda su brujería para engatusarlo, retenerlo y enamorarlo. Hasta que el rey de Ítaca tuvo que entregarle su pesada espada por cuyo filo habían pasado tantas y tantas cabezas de enemigos malos que nunca la hoja recobró su brillo original. Ulises era rey, pero nada más que un hombre y no pudo resistir a tanta gracia. Y una noche en que el mar se había puesto de pronto arisco, Circé le condujo a su lecho, un altar decían quienes lo habían visto pero que nunca habían podido acercarse porque lo defendía la voluntad, dura como cien lobos, de su dueña y amante virgen. Le condujo entre sábanas que jamás varón alguno había conocido, tejidas de flores de los acantilados que tenían poderes mágicos y que hacía del hombre más tranquilo un encabritado toro.

Circé, bella en el deslumbre de su magia, se le ofreció desnuda hasta lo incomprensible, desnuda como ninguna otra mujer había podido ponerse nunca, un cuerpo que Ulises, pese a sus muchas aventuras por todos los mares, a través de tanta hembra, jamás había imaginado que existiese. Nunca quiso explicarlo ni a sus más allegados compañeros que le seguían por los mares desde que salieron de la tranquila Ítaca. Pero desde el instante en que contempló a Circé supo que ningún rey, por poderoso que fuese, ningún dios, por insuperable que pudiera ser en sus trampas, había tenido ante los ojos una maravilla parecida. El sexo de Circé le esperaba, le contó ella, desde que supo de sus aventuras en Troya, muy lejos de aquella isla tranquila y protegida por la magia y el poder de todos los dioses del Olimpo. Y cuando Ulises vio aquel sexo intacto, nunca atravesado por ningún hombre, que nada tenía de común con ningún otro de los cientos que había visto en sus aventuras por tierra y mar, supo que Circé era la mujer de su vida. La penetró hasta que ella quiso, que fueron días y noches, en las que las pausas las aprovechaban, sin despegarse un segundo, entes invisibles para rodear a los amantes de todo cuanto necesitaban. Y Ulises, por primera vez en su largo navegar, olvidó su reino y olvidó a la pobre Penélope que tejía desde hacía años un interminable tapiz. Penélope había advertido a todos los nobles pretendientes que aguardaban impacientes en la parte baja del palacio de Ítaca, que hasta que aquel trabajo no estuviese terminado no elegiría entre ellos el hombre que reemplazaría en su lecho a Ulises, que ellos, los machos impacientes, consideraban muerto en los mil mares. Pero Penélope siguió tejiendo sin saber que a miles de millas marinas de su casa, Ulises, más vivo que nunca, más rejuvenecido que jamás lo había estado, embarazaba a una diosa con la esperanza de que pronto pudiese darle un niño dios.

Y se lo dio. Y Ulises volvió a casa, donde pasó por la espada a todos los pretendientes de Penélope, a la que prohibió seguir tejiendo. La metió en la cama, me dijo un ciego, y le hizo otro hijo, hermanastro del de la diosa. Y yo, mientras les cuento todo esto, aprendido en los libros que se dejan leer con tal de que se les abra, no tengo ni a Circé ni a Penélope. Nada más que un ordenador, dedos para teclear y una imaginación para soñar con cuentos maravillosos a ver si se va de una vez el maldito bicho.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *