Un periodista conquistador

Sergio Berrocal | Newsoncuba España

La agencia mundial de noticia francesa France Presse decidió conquistar el mercado latinoamericano de prensa en 1960. Y hubo que encontrar periodistas experimentados, bilingües por lo menos, capaces de llevar a cabo lo que las otras agencias internacionales consideraban imposible. Más de una vez he escrito lo que fueron aquellos tiempos que marcaron en el periodismo latinoamericano. Pero no me gustaría dejar pasar este segundo año del coronavirus (cómo lo habría disfrutado él) para recordar el periodista que para mí fue uno de los más brillantes de aquella France Presse que dejó de existir cuando algunos confundieron periodismo con otras cosas. Se fue sin que le dieran o por lo menos le propusieran un Premio Nobel. En los primeros tiempos se consiguió reclutar a dos escritores peruanos prestigiosos, Mario Vargas Llosa (Premio Nobel de Literatura) y Julio Ramón Ribeiro, que llegaba cuajado de los más prestigiosos galardones literarios obtenidos en su patria con sus cuentos.

Pero para mí, el periodista más brillante de aquella primera camada de integrante de la aventura latinoamericana fue un catalán Xavier Domingo. Que podía ser un poco mentiroso, en los amplios límites de la mitomanía, ese plus que tienen todos los buenos periodistas. Bebedor y fanfarrón, tenía la calidad rara de ser un gran tipo al que nunca se le pudo atribuir una de esas guarradas tan frecuentes en esta profesión. Era famoso por su acidez al escribir y sus interminables relatos de conquistas femeninas, largos y aparatosos hasta la incredulidad. Aunque casi siempre eran auténticos.

Una tarde-noche tranquila en la que los actores de la actualidad debían de estar tomándose un descanso, Domingo entró en la Redacción aparentemente sobrio y acercándose a mí con una risita suya que parecía sacar del trasfondo de sus calcetines y que siempre anunciaba una novedosa maldad me dijo: “Berro, me he enamorado de una tía que está como un camión y que se ha vuelto loca por mí”. Y tras quitarse las gafas metálicas redondas y chiquitillas para su inmensa cara empezó a pulirlas con unos dedos enormes y cuyas uñas tenían la particularidad de estar siempre de un riguroso luto. Aquellos preparativos eran siempre señal de que la confidencia no había acabado: “Pero lo malo es que es monja”. Soltó una de sus habituales carcajadas satánicas y se sentó ante su máquina para preparar el temario (anuncio noticioso que se envíaba a los periódicos) con los grandes temas de las próximas horas. Cuando me levanté para ir a cenar agarró su abrigo y con su seriedad monacal que podía querer decir cualquier cosa me arrastró hacia el ascensor: “Ven Gordo, que te la voy a presentar. Está en la entrada”.

Cuando el ascensor se detuvo en la planta baja eché una mirada al amplio vestíbulo y en una silla, modosita y calladita, había una monja bonita como la pasión. Vestía esa ropa moderna que ha reemplazado hoy a las aparatosas tocas de antaño. Me la presentó y fuimos a cenar como siempre al Vaudeville. Era un encanto de criatura que le miraba con ojos de enamorada, como Julieta debía de mirar a Romeo antes del final de la obra. Charlamos y efectivamente era monja aunque no de clausura y me confesó que iba a dejarlo todo porque se había enamorado como una colegiala de aquel diablo de Domingo que, naturalmente, probablemente no le había referido que estaba casado con una muchacha encantadora y era padre de dos niños ya mayores Domingo, prolífico como el propio Dumas, acababa de editar una guía de los lugares más sórdidos de Barcelona.

Además de los obligados prostíbulos había un jardín en una parte de la ciudad en la que él aseguraba que los pederastas podían encontrar fácilmente compañía. Una noche, ya a punto de terminar nuestro turno – debía de ser las once y media – atendí una llamada telefónica y una voz masculina me pidió hablar con Xavier Domingo, que en aquel momento estaba enfrascado en alguna nota sobre Camboya. Al terminar la conversación, corta, precisa y en un tono de banquero a cliente, XD, como se le reconocía en todos los despachos que escribía – sólo en contadas ocasiones los periodistas podían firmar con su nombre y apellido pero al final del artículo tenían que dejar sus

iniciales como constancia – se partía de risa, más de lo habitual. Al terminar su regodeo nos contó. Era un señor que había leído su guía y quería saber exactamente dónde podía cazar a niños. “Le he dado una dirección – explicó aguantándose las ganas de soltar otra risotada – para que vaya a buscar lo que quiera. Lo que no sabe ese jodido maricón es que se trata de un bar donde a estas horas está cenando media policía de Barcelona. Y el nombre que le he dado como contacto es el de un inspector que odia a los pederastas. Ya podéis imaginaros lo que va a pasar…”

En su casa de las afueras de París, Domingo cocinaba para unos cuantos amigos de vez en cuando y era una delicia En la ventana de la cocina tenía como inquilino a una especie de pajarraco al que le unía un real cariño y con el que entablaba largos parlamentos. Un día que estábamos degustando la maravilla de su arte culinario empezó a hablarnos de aquel engendro de loro y ave de rapiña que campaba a sus anchas en una amplia jaula: “Este cabrón de pájaro me va a buscar un disgusto. Imagínate que ha aprendido a silbar como los policías y para la circulación

en la calle cuando le da la gana”. Y antes de que tuviésemos tiempo de echarnos a reír se fue para la jaula y tras cruzar unas palabras con su huésped oímos un estridente pitazo al mismo tiempo que el estruendo de varios autos que frenaban desesperadamente. Nos asomamos por la ventana. Abajo en la calle cinco o seis coches se habían detenido abruptamente y sus conductores, furiosos, esperaban que otro silbato les dejase continuar su camino.

Xavier Domingo estuvo a punto de transformarme en un periodista rico. Nos había llegado a la Redacción un guapo y esbelto muchacho, Juan Tomás de Salas, que intimó con nuestra pandilla y más especialmente con Ricardo Utrilla, que mucho después sería nombrado Presidente de la Agencia EFE. Más hombre de negocios que periodista, Salas venía de Canadá, donde se había casado con una joven atractiva y elegante y todas las tardes, cuando venía a tomar su servicio en la AFP, dejaba aparcado en la Rue de la Banque, esquina de la agencia, un inmenso Jaguar con interior de cuero viejo. A su lado todos parecíamos miserables, aunque también es verdad que alguna vez tuvimos que prestarle algunos francos para que diese de comer a aquel monstruo que bebía gasolina como nosotros tinto.

Salas tenía una idea fija: montar un grupo de prensa en España. Decía, y no le faltaba razón, que mientras agonizaba el franquismo era el momento de tomar posiciones detrás de periódicos que acompañarían a la inevitable vuelta a la democracia. Convenció a Utrilla y a Domingo para que se marchasen con él a Madrid. Yo me negué porque entonces tenía ya tres hijos y no conocía como ellos alguien que me diese comida y cama en Madrid mientras el proyecto del Ciudadano Kane se ponía en marcha. Domingo me animó a aquella locura con los argumentos que él sabía esgrimir cuando quería algo. Finalmente yo me quedé y ellos se marcharon. Así nació el Grupo 16, que empezó con el semanario Cambio16, Diario16 y otras publicaciones que se convirtieron en un referente de la nueva prensa en España. Y así fue como un servidor siguió siendo un periodista de a pie mientras Utrilla se convertía en un influyente director de las publicaciones del grupo, que le llevaría hasta la presidencia de la Agencia EFE.

Y Domingo quedó de delegado en Barcelona al menos por una temporada. Alguien me contaría luego que tuvo que renunciar a un cargo tan relevante porque seguía adelante con sus bromas y aficiones de París y correteaba a las secretarias como a mí una noche en que llegó con más copas de la cuenta a la Redacción y atufándome de olor a vino tinto barato me dijo: “Me he enamorado de ti, te voy a violar”. Por entonces yo estaba de buen ver y no me pareció tan descabellada la intención de mi compañero. Dejé viuda mi silla y empecé a correr por la inmensa Redacción jaleado por los operadores que esperaban con mucho empeño que Domingo llevase a cabo su promesa. Encaramado encima de una larga mesa metálica espere a que llegasen los refuerzos en la persona de un delegado

sindical un personaje fuera de serie, que puso punto final al intermedio haciendo que dos de sus compinches se llevaran a Domingo a tomar el fresco. Me quedó la duda de si aquello no había sido una estratagema suya para largarse a alguna cita.

Muchos años después visité a Salas en su olímpico despacho de Cambio 16. Había engordado hasta lo indecible pero le quedaba esa sonrisa suya de conquistador con la que poco después se marchó para siempre siguiendo el camino obligado del cementerio.

Ya habían llegado a la AFP las primeras computadoras, que de espanto estuvieron a punto de costarle la vida a más de un viejo redactor, y adentrados en la era de la modernidad el Servicio Amsud ya no era ni la sombra de aquellos chiquillos inexpertos de 1960. Entonces, en el turno de tarde, el más duro ya que por la diferencia horaria era cuando nuestros clientes, los medios latinoamericanos, se mostraban más activos y, naturalmente, más exigentes, yo disponía de de un equipo que hoy llamarían galáctico:

Rodríguez, un argentino que no lo parecía y que medía más que el más alto de los jugadores de baloncesto, Campodónico, poeta uruguayo metido a periodista que tenía la mujer más bonita de París, Aznar, elegante viejecito (para nosotros que entonces éramos todavía medio niñatos) y otros cuantos. Mis primeros problemas surgieron cuando vi que al tomar el servicio algunos de mis redactores sacaban sistemáticamente de sus cajones una botella de ginebra, una por cabeza, por supuesto. Ni que decir tiene que la visión de esas botellas – que a veces escondían debajo de las mesas – y de los vasos dispuestos para la batalla se ganaban todas las miradas de los otros Desk (servicios redaccionales) donde los franceses bebían agua y los británicos cola. Tras algunas borracheras brutales que nos hacía acabar el servicio transportando a algunos de nuestros compañeros a sus domicilios en un estado de ebriedad avanzada, decidí tomar medidas severas. Naturalmente no se trataba de impedir que bebiesen porque hubiese sido como provocar una huelga salvaje que seguramente la CGT habría aceptado con alegría. Reuní a los más bebedores y les convencí. Al día siguiente, las botellas de ginebra habían sido reemplazadas por inocentes botellas de Coca-Cola. Lo que nadie sabía es que coca había poca. El compromiso consistía en vaciar gran parte de las botellas y rellenarlas con ginebra. Toda la Redacción estaba convencida de que los españoles habían recogido las velas de las borracheras y mis redactores podían seguir sus brillantes carreras etílicas sin que nadie pudiese rechistar.

Ya adentrados en la época de las computadoras (a partir de 1975) cambió el estilo de los redactores. Las borracheras, cuando las había, eran más elegantes, a mí no me perseguían y se guardaban ciertas distancias. Aburridísimo de veras. Cómo echábamos de menos aquellos tiempos de pasado simple que siempre fueron mejores…

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