Una sonrisa, por favor

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Era el cuarto o quinto mes del comienzo de la mayor catástrofe mundial que había conocido, la llegada del coronavirus chino. En su isla africana hacía un tiempo de verano. Con su cuaderno bajo el brazo entró en la arena de su playa pensando que había evitado todas las guerras, por la edad o por las circunstancias, y cuando ya se creía demasiado viejo para luchar se le había venido aquello encima. Cerca de la orilla había gente que hacía como si no pasase nada. Luis se agarró a su cuadernillo. Quería enviar un artículo aquella misma tarde y la playa le sentaba bien a su escritura. Casi todas las mesas de su chiringuito favorito estaban vacías, así que pudo sentarse donde siempre lo hacía, abrió el cuaderno y empezó a escribir. En un momento quiso pedirle inspiración al mar pero el sombrero de paja de un chiquillo sentado casi enfrente se lo impidió.

El niño lo miró con todo el descaro de la gente de su edad y le preguntó como un latigazo:

-¿Estás haciendo tus deberes? Tu maestra debe de ser muy severa porque estamos en fiestas… Yo no tengo nada que hacer y Ana, mi mamá, me ha traído a la playa. Dice que el aire del mar… Mira, por ahí viene. ¿A que no sabes que cuando ella tenía mi edad telefoneó un día al cielo?

Luis, medio aturdido por la verborrea chillona del chiquillo vio a unos tres metros a una mujer muy joven, muy sonriente y muy bonita que jugaba con unas enormes gafas de sol mientras se acercaba.Ella saludó con cierta timidez y Luis se levantó para dejarlos solos, pero ella se lo impidió:

-No, por favor. Espero que mi Pedrito no le haya roto la cabeza. Adora hablar y contar historias.

-Sí, me hablaba de usted e incluso me ha dicho que un día telefoneó usted al cielo…

Ella se quedó cortada, muy seria, como si le faltase la respiración y tardó largos segundos antes de mirar al chiquillo con sonriente reprimenda.

-Es una vieja historia que él adora, murmuró con la cabeza agachada.

-Lo entiendo. A mí me pasó algo parecido hace unos años.

Ella apenas sonrió y le miró fijamente.

-Son cosas que ocurren.

El chiquillo los miraba entusiasmado con unas pupilas llenas de malicia. El camarero rompió el silencio poniendo delante de la madre unos refrescos al mismo tiempo que dejaba una copa panzuda de vino tinto al lado de Luis. Luis rompió el silencio dirigiéndose al camarero.

-Me parte el alma que estés siempre sonriente con la que está cayendo.

El hombre soltó una risa guasona y se despidió.

-Oiga, señor, ¿Por qué le ha dicho usted al camarero que está cayendo… no sé qué? Si solo hay sol…

– Es una broma entre nosotros.

-Ah, ya. ¿Ya no sigue con sus deberes?

-Los terminaré cuando llegue a casa.

En un rato de charla, Luis supo que Ana dirigía unos laboratorios farmacéuticos en Barcelona, propiedad de su familia, que estaba divorciada y que venían de vez en cuando a la isla. Mientras Pedrito jugaba en la arena, Luis le dijo toda su emoción de volver a verla.

-¡Pero si no nos conocemos!

-Aquel señor, como usted me llamaba, que le cogió el teléfono cuando llamó al cielo en busca de su padre era yo. Estaba de guardia en mi agencia y usted llamó por el teléfono que solía utilizar ETA para jactarse de alguna fechoría. La verdad es que me llevé un gran susto. Ana se le quedó mirando y de pronto tuvo una sonrisa que duró una infinidad y que le iluminó un rostro lleno de ilusiones, al menos eso le pareció a él, acostumbrado a la única sonrisa del camarero.

-Tenemos que celebrar nuestro encuentro después de habernos hablado en el cielo…, dijo ella de pronto.

Luis sonrió por primera vez en mucho tiempo y les invitó a cenar en uno de los pocos lugares donde todavía la gente parecía de buen humor. Como siempre fue el primero en llegar al restaurante que conocía de años y donde se comía divinamente sin exageraciones en la nota. Y, sobre todo, donde tenían un Pinot noir que quitaba el sentido. Ana llevaba un sencillo traje de chaqueta ya veraniego con lunares blancos y tenía el pelo suelto. Era una portada de Vogue. El niño se había quedado con la señora que les acompañaba siempre. El primer plato no bastó para recordar la aventura de la llamada telefónica al cielo de la niña, a la que su madre había dado un número cualquiera que resultó ser el de la agencia de prensa donde él estaba aquella noche de guardia.

-Oiga, perdone que le moleste, ¿es ahí el cielo? Verá, es que mi mamá me ha dicho que podría hablar con mi papá que murió hace tres meses y seis días.

-Sí, este es el cielo pero tu papá está reunido con unos señores. Si quieres yo le digo que has llamado y él seguro que te llama.

Ana suspiró y por un segundo se le borró la sonrisa:

-Lo recuerdo como si estuviese ocurriendo ahora mismo. Luego me olvidé y pensé que seguramente papá seguiría reunido.

-Yo todavía guardo los recortes del artículo que escribí al día siguiente. La conversación fue muy celebrada.

– ¿Me los darías?

– Claro que sí.

Luis vivía en un ático muy cerca de las estrellas. Ana se precipitó a la terraza y miró hacia el mar que reflejaba una noche tranquila.

-¡Ahora sí que he llegado por fin al cielo! Ya no necesito telefonear.

Entre dos copas estuvieron comentando un buen rato los recortes de periódicos de España, Francia y varios países de América Latina, que aparentemente habían quedado prendados por la llamada al cielo. Por la puerta abierta no llegaba un ruido.

-Olvidaba decirte que es el toque de queda. Estás encerrada hasta las ocho de la mañana…

Ana miró a Luis. Había dejado de sonreír porque en ella la sonrisa parecía una marca de fábrica.

Se acurrucó en el sofá y con voz muy susurrante y una sonrisa que él ya conocía y que había vuelto a lucir lo llamó:

-Ven, por favor.

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