Viejos de oro

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Los viejos son el futuro del mundo. Puede parecer una broma pero apunten solamente que para 2050, a la vuelta de la esquina, seremos 426 millones mayores de ochenta años. Un ejército nunca visto. Ni el viejo Napoleón lo hubiese soñado.Un ejército de gente en la que una parte pertenece a una clase estudiada, los intelectuales, y otros salen de los más diversos orígenes laborales. Pero todos con muchísimos años de experiencia y la experiencia es el oro blanco del mundo.Actualmente falta talento puro, que se traduce en todos los campos por experiencia almacenada en el terreno que sea durante por lo menos treinta o cuarenta años de actividad. Y cuando llega el momento de decir adiós a la empresa donde has adquirido todos esos conocimientos, esos viejos que los mentecatos ignorantes desprecian son los hombres más ricos intelectualmente del mundo. Desde obreros de la construcción hasta ingenieros, pasando por los oficios más variados.

Luego están los que producen en la tranquilidad del retiro ideas, conclusiones, los que enseñan, profesores, los que inventan historias, escritores, y los que inventan sin más, es decir los que por sus conocimientos acumulados llamados experiencia han conseguido conocimientos que pueden dar lugar a cosas nuevas, más baratas, más prácticas.Es un tesoro que en general los gobiernos desperdician porque no saben nada, son analfabetos enchufados que gobiernan por influencias ajenas a los conocimientos. Y lo que querrían sería únicamente no pagar las pensiones y quedarse con el dinero.

Como la célebre vieja de 65 años Christine Lagarde, nada menos que Directora del Banco Central Europeo, que reniega de los suyos y dice cosas muy graves que luego tiene que desmentir. Por ejemplo, que los viejos son un problema para la economía porque todos los meses cobran una jubilación, como ella, y ella probablemente dos, uno por Francia y otro por Europa, que contrariamente a lo que algunos indecentes analfabetos pueden pensar no sale de los caudales del Estados, recaudados con impuestos y otras triquiñuelas, porque el Estado es el único que no produce nada.

Esos viejos han pasado treinta, cuarenta y a veces más años sacrificando una parte del sueldo que deberían haber tenido cuando estaban en actividad y tenían una familia con niños que mantener, dejando todos los meses una parte de sus ganancias para un fondo que cuando ellos hayan terminado de trabajar serán de donde salgan sus pensiones.

Y en todos esos años han acumulado montañas de saber. La sabiduría no es cuestión solo de escuelas sino de tiempo. Un bachillerato corrientito se adquiere en unos años pero los que lo han hecho apenas saben nada. Una vida vivida intensamente como manda el trabajo, el estudio, la escritura o cualquier otra actividad responsable de la que se da cuenta delante del jurado que es el cliente, son hasta cuarenta años de aprendizaje. Es una riqueza inmensa que ciertos países saben aprovechar al máximo y otros, por el contrario, desperdician no por deshacerse de los viejos sino por envidia. Porque la envidia de quienes gobiernan el mundo es proverbial. Un primer ministro de 45 años no ha tenido tiempo de adquirir todos los conocimientos intelectuales y personales que necesita para gobernar un país. Ni mijita. Y le fastidia que un viejo bedel sepa mucho más que él en muchas cosas.

Quizá por eso se han visto grandes Presidentes como Charles de Gaulle, que además era general, y llegó al poder con más de cincuenta años, como Churchill y otros tanto y últimamente Joe Biden, que cuenta 77 años. Y una parte de los grandes dirigentes de los últimos años habían pasado la edad de la jubilación. Sin contarlos que todavía hoy día están a punto de “jubilarse” legalmente. Pero la imbecilidad no tiene fronteras.

Y se da el caso de que la mayoría de los grandes éxitos literarios, médicos, técnicos son realizados casi siempre por gente “mayor”, a la que la experiencia, las vivencias le permiten escribir una obra maestra, sobran los ejemplos, ayudar o realizar adelantos científicos innegables. Imposible o casi pedirle a un hombre de 40 años que le den un Nobel. A menos de enchufe político.

Pero metámonos en el mundo de la música, más fácil de entender para los analfabetos que consideran que la edad es un lastre cuando es una medalla. Bob Dylan tiene 79 años, Sinatra ya murió con 82, Ray Charles siempre fue viejo genial. Y podíamos alargar la lista hasta el infinito. Excepción gloriosa, Los Beatles, aunque el último de la fila, Ringo Starr, todavía se sube a los escenarios con 80 años, y con casi otros tanto Paul MacCartney canta.

Ocurre sin embargo que algunos gobierno, muchísimos gobiernos, están siempre a tres velas porque sus gastos, es el caso de España pero no de Dinamarca, están por encima de sus posibilidades. Pero son gastos suntuosos de flotas de automóviles, aviones y todo tipo de lujos que los gobernantes y sus ministros se dan. Y llega un momento en que se vacían las cajas del Estado y entonces esos bandoleros que se dicen gobernantes meten una y otra vez las manos en los fondos de pensión que deberían ser inviolables.

Y se llega a la imbecilidad de que algunos gobiernos, cuando ven las cajas de pensiones vacían, “prestan” a las mismas para que los pobres viejos, los que han amasado ese tesoro, puedan cobrar lo que casi siempre es una paga de miseria por mucho que se haya cotizado. Pero sin remordimientos y como el público en general, mal formado, adoctrinado y embrutecido por las monedillas que les regala el Estados a los que NUNCA han cotizado y que no tendrían realmente derecho a ninguna pensión de vejez, se les prepara para que protesten por las pensiones legalmente adquiridas.

Por mucho que todos los gobiernos se pusieran de acuerdo para combatir a los jubilados, estoy seguro de que si éstos se unieran con sus pagas mensuales podrían derrotar a cualquier intento de atraco a mano armada. Desgraciadamente los gobiernos disponen de medios para conseguir que no se produzca esa unión y para asaltar por separado a los que se ganaron una paga de vejez trabajando toda la vida.

Es lo que podría llamarse el triángulo de la desvergüenza.

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