Vivieron con las botas puestas

Newsoncuba.com Sergio Berrocal

Resido en una isla africana con forma de matadero o como mucho de redondel para toros rebeldes que, según mis observaciones, se ha convertido en un lugar donde los poderosos del mundo cuentan las atrocidades que cometen los coronavirus, porque cosa extraña no hay un solo Jefe de Estado o de Gobierno que haya sido picado por el bicho, aparte el que fue primer ministro de Gran Bretaña cuya pericia mental era para caer en las redes de una lagartija.Pero observen como el líder supremo de los chinos, país donde se originó la espantosa matanza, no tiene ni un rasguño. Y entre los otros potentados occidentales pocos o ninguno ha caído herido de muerte. En esto de la pandemia hay pobres y ricos. En el norte de España estos días se ha escapado un pobre refugiado que había atravesado el mar en patera para entrar en Europa y que cuando la policía lo atrapó estaba infectado. Puta suerte la suya, sobre todo que no se le encuentra y que el coronavirus no tiene alma de hermanita de la caridad, por muy negrita que sea la víctima. Pero esto son minucias, lo importante para todo español de bien es que el fútbol va viento en popa pese a que se juega en estadios cerrados sin espectadores, y según los comentaristas, payasos acompañantes de todo espectáculo que se precie, la falta de insultos en vivo y de babeo en las grades le quita señorío al espectáculo. Al principio no todos los futbolistas, me refiero a los que ganan ocho o diez millones de euros por mes, no a los desgraciados de la tercera división, estaban muy por la labor porque la pandemia les asustaba. Hubo incluso uno, célebre y clásico, que se negó a jugar y juró que solo la haría cuando le hubiesen puesto la vacuna que todavía no existe, por lo menos en Europa. La vacuna no ha llegado pero algo que vio en su banco le convenció de jugar. Pero como el dinero es capaz de todo, todo va muy bien, Hay apenas encontronazos entre jugadores, lo que podría ser aprovechado por el bicho chino, los escupitajos, clásicos de la buena educación de estos señores que te pueden comprar como esclavo y una isla desierta con un mes de sueldo, parecen disminuir y finalmente no se ha informado de que haya habido estrellas infectadas. Claro, me dirán ustedes, mientras a los viejos, mayores de 75 años, que caen víctimas del bicho los arrinconan y esperan más o menos a que expiren, los equipos de fútbol tienen auténticos hospitales volantes provistos, nadie tiene la menor duda, de los artefactos e inyectables más sofisticados para que no pase nada grave.

Entonces, tranquilos, están llegando ya casi al fin del torneo, con ganancias muy millonarias gracias a la televisión y los muchachos viven una luna de miel en la hierba con las botas puestas.La verdad es que esto del deporte me da a veces más que envidia. Cuando en París de los años 60 reclutábamos periodistas para el Desk Amsud de la Agencia France Presse, examinábamos los curriculum, la mayoría llegados de España. Cuando alguien no nos gustaba, sobre todo tíos, nos mirábamos y casi unánimemente decíamos que fuera a la Redacción de Deportes. Cosa de señoritos lo nuestro porque como tenían dietas para campeonatos, encuentros de fútbol y sobre todo la Vuelta Ciclista a Francia, a final de mes ganaban más que nosotros.

Pero como señoritos que éramos, eso del deporte nos sabía a pobre. No quita para que durante una temporada estuviese yo de corresponsal del mejor diario de deportes español, Marca, aunque solo para el boxeo. Y conocí a personajes sumamente interesantes como el argentino Carlos Monzón y el mexicano Mantequilla Nápoles, dos enormes toros rabiosos que de una bofetada podían mandarte al cielo y conseguir que volvieses el mismo día.

Gracias benditas sean dadas a Satanás y sus amigos por habernos permitido comprobar hasta dónde podía llegar la imbecilidad humana. Partidos de futbol sin público, y porque no se les ha ocurrido hacerlos sin jugadores. Pero qué más da. La gentuza que se mete en esos tugurios llamados estadios, a veces pagando cantidades que les bastaría para que sus hijos tuviesen un profesor particular que les enseñara algo, volverán a llenar los estadios, qué digo, a inundarlos cuando ya se autorice. Y sacarán sus pobres euros. Y si hay que ir a ver un partido a tres mil kilómetros, pagaremos el avión, el hotel, el taxi y la borrachera aunque no tengamos un duro. Así se crea una nación. Es indiscutible que el deporte, y en particular el fútbol, es sano y rentabilísimo para quienes lo dirigen.

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