Y el violoncelo gemía

Sergio Berrocal | Newoncuba España

Un día de mucha rabia, rabieta, e impotencia. Creías, pensabas, que ese día en el que quizá habías abierto las puertas hacia la posteridad te respetarían. Que incluso te amarían un rato, el tiempo de una copa, de un almuerzo y que volverías a ver relucir las sonrisas, ¿y por qué no las risas?, de tiempos aquellos en que todo el mundo parecía amarte.

Sabías de fracaso, de depresiones, de renuncias por falta de ganas de combatir. Sabías de todo eso pero cuando se ha llegado a esa altura de la vida camino de la muerte se cree, así lo creíste tú, que se produciría un milagro, el del amor. Que de pronto todos los bellos momentos vividos reaparecerían.

No es que estuvieses en la puerta oteando unas flores amarillas como tú las amas. Hace tiempo por demás que las rosas amarillas no aparecen, ni siquiera las margaritas que tantos achuchones de alegría y de amor te dieron en aquellos días en que te creías el Emperador de China porque una mujer te lo había dicho y un camarero adiestrado y con el billete de la ilustre propina cogido por las orejas, arrastraba los pies para no molestarte. Y seguro que le dolerían horriblemente, porque ese oficio de ir de mesa en mesa, de copa en copa, de sonrisa en sonrisa, es demoledor para el alma inferior que es lo que más cuenta.

Creíste que de verdad te había tocado la lotería. Que el amor había repiqueteado a tu puerta y tú, feliz, le había abierto tu alma de par en par.

Fueron días bonitos, llenos de una esperanza que habías olvidado con el tiempo de la penitencia.

Domingo de fiesta religiosa por todo lo alto. Sigues solo, más que nunca. Ni siquiera esos bichos llamados wasap, mensajes electrónicos de la gente común, al límite de todo, te habían tocado aunque fuese el primer chirrido de la caja gorda metida entre las piernas y los dedos largos, que tú tan bien conocías con menos luz y a solas. Su rostro cubierto por un largo pelo moreno, coronado de luz que tú solo podías ver, te guiñaba de vez en cuando, pero con la seriedad que ella nunca había sabido conservar en la cama.

Y era domingo y todavía pensabas que de un momento a otro las cosas volverían a ser como siempre, amables, preciosas, para no olvidar. Sus piernas largas, fuertes cuando jugueteaban con las tuyas, estaban metidas cuerpo y alma en aquella pieza de Vivaldi. Sabías que estaba sufriendo. Lo veías en sus dedos que corrían y no se corrían y apretaban el alma del instrumento. Sabías que estaba gozando pero con pena, con dolor, porque no le gustaba sola. Ella quería que la sinfonía se la tocases tú, suavemente, al ritmo que ella te imponía, con las piernas abiertas y ardientes en un relio de sábanas arrugadas de tanto querer.

Por el momento seguía agarrada a su violoncelo como al mástil de una barca de salvación en un mar inhóspito, ella que no conocía, no deseaba más que dejarse amar hasta lo más profundo de un orgasmo ideado por Anais Nin y puesto en escena por un Ulises en la cama gigantesca de la diosa que se encaprichó de él. Porque la mujer no ama. Se encapricha, eso es todo..

La música cesó. El concierto había terminado. Y entonces vio como las lágrimas se deslizaban por las cuerdas del violoncelo de amor.

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