Y morir de placer

Sergio Berrocal | Newsoncuba

Tiempos, ay que tiempos, mi amor, en que Francia era el centro del mundo del placer, donde se inventaba cada día una fiesta, cuatrocientos bailes apretados en apartamentos que olían un poquito a sudor, pero sudor de diosas, y sin embargo todos éramos jóvenes y decentes, los que todavía no habían saltado al ruedo. Serge Gainsbourg nos cantaba con Jane Birkin, Brigitte Bardot o su espejo aquello de “Je t’aime, moi non plus”, probablemente la frase más enigmática de la lengua francesa inventada por aquel anarquista de nariz de caricatura antijudía que no se afeitaba ni los domingos y menos los días de guardar y presumía de su voz melosa.

Todos éramos Gainsbourg, el apóstata, el anarquista mal afeitado pero elegantemente sucio que se permitía quemar billetes de 500 francos en un plató de la televisión.Ya se murió, se fue a no se sabe dónde, porque probablemente tenía prevista su muerte y el camino que tomaría una vez fuera de la vida.París, el París de nuestros amores, de cuando teníamos apenas diecisiete o dieciocho años, ¿te acuerdas, César, de aquellos güisquis que todavía se escribían whiskys en la cafetería del aeropuerto de Le Bourget?.Sí, querido César, no lo supimos nunca, y nadie nos lo dijo, pero en aquellos sesenta-setenta de una época que ya es ilusoria, que suena a película de Walt Disney, a Doris Day cantando, a Esther Williams nadando, a Cary Grant tratando de apuntarse el polvo del siglo, el de Grace Kelly, actriz con facha de Princesa, que luego lo fue, hasta sus últimas consecuencias, con un príncipe gordito y bigote de otros tiempos, éramos moderadamente felices. ¿Recuerdas, César con su uniforme azul que parecías el ayudante del guapísimo príncipe Alí Khan, que a veces pasaba por el aeropuerto y tú le paseabas hasta que avión que esperaba a Su Alteza estaba dispuesto a tomar los aires, con sus azafatas excitadas, las bebidas al fresco, pero no demasiado, la musiquilla de fondo que apenas de oía. Y todo el avión para él. ¿Quién te hubiera dicho, a ti que te creías el rey de Roma y de sus alrededores, que un día estaríamos congestionados, cagados por un bicho invisible que los malditos chinos, mil veces malditos, dejaron escapar, oiga no, se les escapó, como iban a querer ellos eso…No sabíamos en aquellos años de los sesenta y de los setenta, pese a todas las guerras, pese a los malditos piratas del aire que merodeaban siempre para ver si podían birlar un enorme jet y llevárselo a Cuba.Y nosotros, inconscientes, egoístas, no vimos llegar el peligro. Para nosotros lo peor era un terrorista palestino, los de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) cuyo líder, Yasser Arafat, tipo simpático y patriota pese a quien pese, fue a morir a París, al Hospital militar del Val de Grace, lo más granado de la medicina francesa.¡Qué inocentes éramos, querido César! Creíamos que aquella vida de relajo, preciosa, con sus apurillos a ratos porque un teletipo no funcionaba porque alguien le había dado un empujoncito en el ardor de una tarde de verano nutrida de calor y oscuridad.

¿Te acuerdas de la catástrofe de Nantes, cuando dos aviones chocaron a la vertical de esa ciudad? Eran los dos españoles, un Coronado de Spantax y un DC9 de Iberia.Cuando tú y muchos otros volvisteis de recoger cadáveres y todo lo que pudisteis encontrar, alguien de Iberia me entregó el dossier de aquella catástrofe, a todas luces imputable a los controladores aéreos franceses que, si la memoria no me falla, eran militares porque los civiles estaban en huelga.Se me caían las lágrimas leyendo los diálogos entre los pilotos; “Diles que nos preparen una tortilla de patatas, que ya llegamos”. Murieron y se acabó, Luego yo tuve el dossier. Se trataba de enchufarlo en un periódico para armar jaleo y deslindar responsabilidades. Nadie lo quiso y me explicaron lo que habría podido costarme de cárcel.Lo publiqué mucho más tarde, está entero en uno de mis libros, para la historia, pero me alegro de no haber ganado un duro porque hubiese sido vendiendo muertos. El aeropuerto de Le Bourget, donde una noche fuimos a recibir a un miembro de la familia real española que no sabía hablar. Hasta que le dieron tres güisquis y un tipo de la embajada de España tuvo que excusarse ante los tres periodistas que andábamos por allí, pasábamos por casualidad, claro, ¿no César?. ¡Daba unos gritos Su Alteza! Se acabó el cachondeo. Ahora no podemos pensar más que en sobrevivir. Conseguir que alguien, alguna loca, o James Stewart con su Winchester de cazar elefantes, se cargue al maldito bicho chino.

Pero ya nada será como fue.

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